Dejaba al descubierto sus amarillentos colmillos al decirlo, sonreía, pero temblaba dentro de su estrecha chaqueta de tweed. Le asustábamos, a él y a la gente que como él, especialmente en Boston, teme a las «minorías». (Vuelvo a esto en un minuto.) En cualquier caso, nuestro poder colectivo de intimidación en esta ciudad cada vez más «spanglish», que cada día consume más latas de judías marca Goya, fue suficiente para convertirnos instantánea y definitivamente en las mejores amigas. Todavía lo es.

Los que no hablan español probablemente no sepan qué demonios es una «sucia»

Soy una periodista bastante buena. Sin embargo, no soy una «latina» en toda regla, por lo menos no como ellos creen. Esta tarde un editor se detuvo ante mi escritorio y me preguntó dónde podía comprar frijoles saltarines mexicanos para la fiesta de cumpleaños de su hijo. Incluso si fuera mexicoamericana (pista: me dan ganas de depilar con cera la ceja de oruga peluda de Frida Kahlo, y soy completamente indiferente a cualquier cosa que incluya las palabras «boxeo» y «East L. A.»), no habría sabido algo tan tonto.

A estas alturas ya te habrás imaginado -gracias a la tele y a Hollywood- que una sucia es algo atractivo, con curvas y extranjero, algo súper latino, como el nombre misterioso de un santo católico de pelo ensangrentado y aspecto torturado, o como una preciada receta de una abuelita baja, gorda y arrugada, que hace magia erótica con el chocolate y todas sus hierbas y especias secretas mientras los mariachis aullan, Salma Hayek toca las castañuelas y Antonio Banderas cabalga entre cactus sobre un relinchante caballo blanco, o yo qué sé, como un cerdo con alas o una estupidez de ésas, todo ello dirigido por Gregory Nava y producido por Edward James Olmos. Supéralo de una vez. Es como, no es.

La idea original fue de Usnavys. «Sucia» es una expresión bastante ofensiva para la mayoría de los hispanohablantes, casi equivale al «hot» en inglés. Así que el «club social de las chicas sucias»



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