
Ahora mismo estoy pensando que a lo mejor un desliz con uno de esos guapos gánsteres del fondo me hacía un apaño. Mirad cómo comen con las manos, el aceite al ajo de las gambas goteando por sus sexys barbillas. Eso es pasión, un sentimiento que el soso de Ed no reconocería ni aunque le fuera la vida en ello. Podría tirarme a uno de ésos para vengarme, ¿sabes? Eso, o podría comer patatas fritas con sabor a queso y donuts, volverme bulímica hasta que el blanco de los ojos se me pusiera rojo, como si fuera a estallarme el corazón. O podría retirarme a mi pequeño apartamento y beber demasiados «destornilladores» caseros, esconderme bajo el edredón de plumas de ganso y llorar mientras esa potente cantante mexicana, Ana Gabriel -¿la de la madre china?- vierte sobre mi equipo Bose su amor por la guitarra.
Eh, necesito pasar una noche con mis temerarias. ¿Dónde estarán las chicas?
Esta noche también es especial, porque (redoble de tambor, por favor) es el décimo aniversario de la primerísima vez que las temerarias nos reunimos. Todas nos estrenábamos como estudiantes de Periodismo y Comunicación en la Universidad de Boston, borrachas de infantiles cervezas de melocotón y arándanos compradas con carnets de conducir falsos; jugábamos al billar en un club oscuro y lleno de humo llamado Gillians al que iba todo el mundo a bailar el palpitante ritmo del remix del Luca de Suzanne Vega, hasta que unos gorilas nos sacaron de allí de una patada en nuestros arrepentidos e ingenuos culitos. Triunfamos aquella noche, y si no, al menos, hicimos pandilla. Ah, y también vomitamos. Casi se me olvida esa parte.
Nuestro profesor de periodismo de primero, el medio calvo con las canas teñidas, nos dijo que era la primera vez que se matriculaban tantas latinas simultáneamente en Comunicación.
