
Reconozco que no les dije que procedo en parte de lo que llamamos «basura blanca», nacida y criada en Nueva Orleans. Los parientes de mamá son monstruos de pantano con manchas de aceite bajo las uñas y una lavadora verde oxidada delante de la caravana, son la clase de gente que ves en cualquier capítulo de «Cops»: un tipo flaco como un gato muerto desde hace una semana, recubierto de tatuajes con esvásticas, que llora porque la policía voló su laboratorio clandestino.
Ésa es mi gente. Ésa, y los cubanos con relucientes zapatos blancos de Nueva Jersey.
Por todo esto y mucho más con lo que no voy a aburrirte ahora, me he convertido en una luchadora nata, y he centrado toda mi existencia hacia un solo objetivo: triunfar en la vida -entendiendo por ésta trabajo, amigos y familia- a toda costa. Siempre que puedo me visto como si mis circunstancias fueran diferentes y mucho más normales. Nada me emociona tanto como que la gente que no me conozca crea que procedo de una típica familia cubana adinerada de Miami.
A veces pienso que he logrado dar el salto al otro lado, donde vive la gente equilibrada y «sin problemas»; pero entonces aparece un texicano cabezón como Ed y me paraliza nuevamente la certeza de que no importa la perfección que alcance, nunca seré tan importante para mi mamá como una pipa de hierba; no importa cuántos premios literarios traiga a casa, porque tampoco seré tan importante para mi papá como la Cuba anterior a 1959, donde el cielo era más azul y los tomates sabían mejor. Los hombres como Ed me buscan porque olfatean en el aire mi verdad secreta: me odio porque nadie se ha tomado jamás la molestia de amarme.
