
Vuelvo a preguntar: ¿Qué maldito psicoanalista puede ayudar a alguien como yo?
Sentada en las oficinas de la redacción durante aquella entrevista, vestida con mi traje azul marino de rebajas de Barami y mis bailarinas de hace tres años con un agujero en la suela, les dije lo que querían oír: «Sí, sí, seré su picara Carmen Miranda. Bailaré la lambada en su gris periódico». Pero lo que pensaba era: «Contráteme de una vez. Ya aprenderé español».
La primera semana de trabajo, un editor pasó por delante de mi mesa y dijo en un silábico y ensordecedor inglés que todos acabarían usando conmigo: «Me alegro mucho de que estés aquí representando a tu gente». Quise preguntarle quién demonios creía que era mi gente, pero sabía la respuesta. Mi gente, hasta donde él y los suyos llegan, son estereotipos: morenos de piel y pelo, pobres e incultos, que cruzan en estampida la frontera desde países «de allá abajo» con sus pertenencias en bolsas de supermercado de plástico.
Necesito otra cerveza. Desesperadamente.
– Oye -llamo a la camarera-. Tráeme otra.
Se apoya en su enorme cadera apartándose el pelo, largo y negro, de sus bonitos ojos.
– ¿Cómo? -pregunta.
Parece desconcertada.
Estaba viendo una telenovela mexicana en un pequeño televisor que hay detrás del mostrador y parece que le molesta que la interrumpan con, mira tú, trabajo. Tengo que repetir que quiero otra, porque tengo un acento muy cerrado en español. Sigue sin enterarse. Coño. Al final, sostengo la botella vacía al revés y levanto las cejas. El infalible idioma de los signos del prepotente. Asiente y se va refunfuñando a la parte de atrás a por otra cerveza. Está bien, aprendí español después, en el trabajo. Pero la camarera puertorriqueña sabe que soy una impostora.
Miro hacia la calle otra vez esperando ver un «coche temerario» conocido.
