
Oí un ruido muy leve detrás de mí y suspiré. Bubba se había impacientado.
– A ver, te dije… -empecé a decir mientras me daba la vuelta, pero no conseguí ir más allá. Una mano me agarró del hombro y me dio la vuelta violentamente. Tenía delante a un hombre que no había visto en la vida. Estaba cerrando el puño para pegarme en la cabeza.
Si bien la sangre de vampiro que ingerí hacía unos meses (para salvar la vida, que quede claro) se había disipado casi del todo -ya apenas brillo por la noche-, sigo siendo más rápida que la mayoría de la gente. Me eché al suelo y rodé hacia las piernas del hombre, lo cual hizo que se tambaleara y que Bubba pudiera destrozarle la garganta con más facilidad.
Me puse de pie rápidamente y Sam salió disparado de detrás del escritorio. Nos miramos mutuamente, luego a Bubba y al hombre muerto.
Vaya, pues sí que estábamos en un aprieto.
– Lo he matado -dijo Bubba, orgulloso-. La he salvado, señorita Sookie.
Que el Hombre de Memphis aparezca en tu bar, darte cuenta de que se ha convertido en un vampiro, y ver cómo mata a un posible asaltante, vaya, era mucho para asimilarlo en un par de minutos, incluso para Sam, a pesar de que él mismo no era exactamente lo que aparentaba.
– Eso parece -le dijo Sam a Bubba con voz que invitaba a la calma-. ¿Lo conocías?
Nunca había visto a un muerto, aparte de alguna visita ocasional a la funeraria local, hasta que empecé a salir con Bill (quien, por supuesto, estaba técnicamente muerto, pero me refiero a un muerto humano).
Por lo que se ve, ahora me topo con ellos muy a menudo. Menos mal que no soy demasiado remilgada.
Este muerto en particular rondaba los cuarenta años, cada uno de los cuales parecía haber sido muy duro. Tenía los brazos llenos de tatuajes, casi todos de los de mala calidad que se hacen en la cárcel, y le faltaban algunos dientes cruciales. Iba vestido con lo que pensé que era la indumentaria de un motero: vaqueros sucios y chaleco de cuero con una camiseta obscena por debajo.
