
De alguna manera, después de cambiarle el nombre al establecimiento y renovarlo, Sam le dio la vuelta a los libros de contabilidad. Ahora podía llevar una buena vida gracias a él. Pero esa noche era de lunes, desde luego no la más animada para salir por nuestra zona, el norte de Luisiana. Me dirigí hacia el aparcamiento para empleados, que se encontraba justo enfrente del tráiler de Sam Merlotte, que, a su vez, está detrás de la entrada de servicio, formando ángulo recto. Salté fuera del asiento del conductor, recorrí el almacén y miré por el panel de cristal de la puerta para comprobar el corto pasillo cuyas puertas daban a los aseos y al despacho de Sam. Vacío. Bien. Y cuando llamé a su puerta, éste se encontraba detrás de su escritorio. Mejor aún.
Sam no es muy grande, pero sí muy fuerte. Tiene el pelo rubio rojizo y los ojos azules, y puede que saque tres a mis veintiséis años. Son casi los mismos años que llevo trabajando para él. Me cae bien, y es el protagonista de algunas de mis fantasías predilectas; pero desde que salió con una criatura tan bella como homicida hacía un par de meses, mi entusiasmo perdió fuelle. Aun así, sigue siendo mi amigo.
– Disculpa, Sam -le dije, sonriendo como una idiota.
– ¿Qué hay? -preguntó, cerrando el catálogo de proveedores que había estado hojeando.
– Tengo que meter a alguien aquí un rato.
Sam no pareció alegrarse.
– ¿Quién? ¿Bill ha vuelto?
– No, sigue de viaje -mi sonrisa se hizo más brillante si cabe-. Pero, eh, han mandado a otro vampiro para que cuide de mí. Y necesito que se quede aquí mientras estoy trabajando, si no te importa.
– ¿Por qué necesitas que cuiden de ti? Y ¿por qué no puede sentarse en el bar, como todo el mundo? Tenemos montones de botellas de TrueBlood -TrueBlood se estaba convirtiendo definitivamente en una marca de vanguardia en lo que a sangre de sustitución se refiere. «Lo mejor después del sorbo de la vida», decía su primer anuncio, y los vampiros habían respondido muy bien a esa campaña.
