– ¿Por quién secuestrado? -la gramática era la última de mis preocupaciones.

– No estamos seguros -me dijo Chow-. Los testigos no se ponen de acuerdo -su inglés tenía acento, pero era muy claro.

– Llevadme con ellos -les pedí-. Si son humanos, lo descubriré.

– Si estuvieran bajo nuestro dominio, sería lo más lógico -coincidió Eric-. Pero, por desgracia, no lo están.

Dominio, y un carajo.

– Explícamelo, por favor -estoy segura de que estaba haciendo gala de una extraordinaria paciencia, dadas las circunstancias.

– Esos humanos le deben lealtad al rey de Misisipi.

Sabía que la boca se me estaba quedando abierta, pero parecía incapaz de detener el proceso.

– Disculpa -dije al cabo de un momento-, pero podría jurar que acabas de decir… ¿El rey? ¿De Misisipi?

Eric asintió sin un rastro de sonrisa.

Bajé la mirada, tratando de mantener una expresión neutra. Incluso bajo esas circunstancias era imposible. Sentí cómo la boca se me crispaba.

– ¿En serio? -pregunté, desesperanzada. No sé por qué me pareció incluso más gracioso que Misisipi tuviese un rey (si, al fin y al cabo, Luisiana tenía una reina…), pero así era. Me recordé a mí misma que se suponía que yo no sabía nada de la reina. Tomé nota.

Los vampiros intercambiaron miradas. Asintieron a la vez.

– ¿Eres tú el rey de Luisiana? -le pregunté a Eric, aturdida debido a todo el esfuerzo mental por mantener en pie la fachada. Me estaba riendo con tanta fuerza que era todo lo que podía hacer para mantenerme erguida en la silla. Probablemente había un toque de histeria.

– Oh, no -admitió-. Sólo soy el sheriff de la Zona Cinco.

Aquello me descolocó del todo. Las lágrimas me recorrían la cara y Chow parecía incómodo. Me levanté, me hice un chocolate suizo al microondas y lo removí con una cuchara para que se enfriara. Me estaba calmando mientras llevaba a cabo la pequeña tarea, y para cuando regresé a la mesa ya estaba casi sobria.



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