
Demasiadas condiciones en la misma frase.
– Para responder a tu pregunta: soy tu amigo, y nuestra amistad durará hasta cuando sea, mientras no amenace mi propia vida o el futuro de mi zona.
Bueno, eso ponía las cosas claras. Agradecí su sinceridad.
– Es decir, mientras te resulte conveniente -rectifiqué con calma, lo cual era tan injusto como incierto. Aun así, pensé que era extraño que mi interpretación de su actitud pareciera molestarle-. Deja que te pregunte una cosa, Eric.
Alzó las cejas para indicarme que estaba esperando. Sus manos me recorrían los brazos de arriba a abajo, de un modo ausente, como si no pensase en lo que estaba haciendo. El movimiento me recordó al de un hombre tratando de calentarse las manos ante un fuego.
– Si no te he entendido mal, Bill estaba trabajando en un proyecto para la… -sentí que un estallido de risa me amenazaba y lo reprimí-. Para la reina de Luisiana -concluí-. Pero tú no sabías nada, ¿es así?
Eric se me quedó mirando por un largo instante mientras pensaba qué contestarme.
– Me dijo que tenía un trabajo para Bill -respondió-, pero no de qué se trataba, ni por qué tenía que ser él el escogido o cuándo se daría por concluido.
Aquello ofendería a cualquier líder, que se apropiasen así de uno de sus subordinados. Especialmente si el líder no estaba al corriente de ello.
– ¿Y cómo es que esta reina no está buscando a Bill? -pregunté con la neutralidad que me dictaba la cautela.
– No sabe que ha desaparecido.
– ¿Por qué?
– No se lo hemos dicho.
Tarde o temprano dejaría de responder.
– Y ¿por qué no?
– Nos castigaría.
– ¿Por qué? -empezaba a parecerme a una cría de dos años.
– Por dejar que le pasara algo a Bill mientras se encargaba de un proyecto especial para ella.
– ¿En qué consistiría ese castigo?
– Oh, con ella es difícil saberlo -lanzó una carcajada ahogada-. Pero seguro que algo muy desagradable.
