
Eric estaba más cerca de mí si cabe, casi tocando mi pelo con su rostro. Inhalaba con mucha delicadeza. Los vampiros dependen del olfato y el oído, mucho más que de la vista, a pesar de que gozan de una agudeza visual excelente. Eric había bebido de mi sangre, por lo que conocía mis emociones mejor que cualquier vampiro que no lo hubiera hecho. Todos los chupasangres son aficionados a estudiar el sistema emocional humano, pues los mejores depredadores son los que conocen los hábitos de sus presas.
Eric empezó a frotar su mejilla contra la mía. Era como un gato disfrutando de las caricias.
– Eric -me había dado más información de lo que creía.
– ¿Hmmm?
– En serio, ¿qué te hará la reina si no puedes llevarle a Bill el día que hay que entregarle su proyecto?
Mi pregunta obtuvo el efecto deseado. Eric se apartó de repente y me miró con unos ojos más azules que los míos y más gélidos que los páramos antárticos.
– Sookie, es lo último que querrías saber -aseguró-. Con llevarle la tarea basta. La presencia de Bill no deja de ser un añadido.
Le devolví la mirada con unos ojos casi tan fríos como los suyos.
– Y ¿qué obtengo yo a cambio de hacer esto por ti? -pregunté.
Eric se las arregló para parecer tan sorprendido como encantado.
– Si Pam no te hubiera puesto sobre la pista de lo de Bill, su regreso a salvo habría sido suficiente y tú habrías saltado ante la oportunidad de echar una mano -me recordó Eric.
– Pero ahora sé lo de Lorena.
– Y, a sabiendas de ello, ¿estás de acuerdo con hacer esto por nosotros?
– Sí, con una condición.
Eric adquirió un aire cauto.
– Y ¿cuál sería? -preguntó.
– Si algo me pasara, quiero que la liquides.
Me miró boquiabierto durante un eterno segundo, antes de estallar en carcajadas.
– Tendría que pagar una enorme multa -dijo cuando logró apaciguar las risas-. Y tendría que pagarla por adelantado. Es más fácil decirlo que hacerlo. Ella tiene trescientos años.
