Quizá estuviera muerto.

Cerré la puerta con llave detrás de mí y seguí a Alcide mientras él colocaba mis cosas en la plataforma de carga de la camioneta.

El exterior de su enorme vehículo brillaba, pero estaba sucio como el coche de un hombre que se pasa la vida laboral en la carretera. Un casco de protección, facturas, presupuestos, tarjetas de visita, botas y un botiquín de primeros auxilios. Al menos no había desechos de comida. Mientras rebotábamos por mi destartalado camino de gravilla, cogí un montón de folletos sujetos con una goma que decían: «Herveaux e hijo, Peritajes de alta garantía». Saqué el primero y lo estudié con detenimiento mientras Alcide conducía por la corta distancia hasta la Interestatal 20 para ir en dirección este, por Monroe y Vicksburg, hasta Jackson.

Descubrí que los Herveaux, padre e hijo, eran propietarios de una empresa de peritajes interestatal, con oficinas en Jackson, Monroe, Shreveport y Baton Rouge. La sede, como me había dicho Alcide, se encontraba en Shreveport. En el interior había una foto de los dos hombres, y el Herveaux mayor era tan impresionante (de un modo más maduro) que el hijo.

– ¿Tu padre también es licántropo? -pregunté tras digerir la información y darme cuenta de que la familia Herveaux era cuando menos próspera, y, seguramente, rica. Habían trabajado duro; y lo seguirían haciendo a menos que el señor Herveaux, padre, no controlara su vicio con el juego.

– Mi madre también -reveló Alcide después de una pausa.

– Oh, lo siento -no estaba segura de por qué me estaba disculpando, pero era más seguro que no hacerlo.

– Es la única forma de que nazca un licántropo -me dijo al cabo de un momento. No estaba segura de si me lo explicaba para ser cortés o si de verdad pensaba que debía saberlo,

– Entonces ¿cómo es que Estados Unidos no está lleno de licántropos y cambiantes? -pregunté tras meditar sobre lo que había dicho.



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