
Arrastré la maleta de ruedas del tirador y coloqué el bolso de viaje sobre una silla, cerca de la puerta, así que sólo me quedaba ponerme la pesada chaqueta. Me alegré de que Alcide me avisara sobre las normas de vestimenta del bar, puesto que jamás se me habría pasado por la cabeza incluir nada elegante. Estúpidos vampiros. Estúpidos códigos estéticos.
Me sentía Cascarrabias, con «C» mayúscula.
Paseé de acá para allá por el pasillo, repasando mentalmente el contenido de la maleta, mientras los dos cambiantes estaban teniendo una supuesta «conversación de hombres». Colé una mirada por la puerta de mi habitación para ver que Alcide estaba sentado, con el teléfono en la mano, en el mismo borde de la cama que acababa de dejar yo. Por alguna extraña razón encajaba perfectamente en la casa.
Regresé al salón con pasos inquietos y volví a mirar por la ventana. Puede que estuvieran hablando de cosas de cambiantes. Si bien para Alcide, Sam (que solía cambiar a la forma de un collie, aunque no estaba limitado a ella) sería un peso ligero, al menos ambos pertenecían a la misma rama del árbol. Sam, por otro lado, sería un poco suspicaz con respecto al Alcide; los licántropos tenían una mala reputación.
Alcide atravesó el pasillo haciendo resonar el suelo de madera con sus pesados zapatos.
– Le he prometido que cuidaría de ti -me dijo-. Esperemos que todo esto funcione.
Ya no sonreía.
Me había estado preparando para mostrarme enfadada, pero su última frase había sonado tan real que el aire caliente se me escapó como cuando se deshincha un globo. En la compleja relación entre vampiro, licántropo y humano había mucho espacio para que algo saliera mal en alguna parte. Después de todo, mi plan era frágil, y el poder de los vampiros sobre Alcide, tenue. Era posible que Bill no hubiera sido capturado en contra de su voluntad. Cabía la posibilidad de que disfrutara en el cautiverio de un rey, siempre que la vampira Lorena estuviese a mano. Quizá le hiciera entrar en cólera ver que había ido a buscarlo.
