Estaba mi hermano Jason, claro; aunque, en lo que a intimidad y compañerismo se refiere, tenía que admitir que casi no contaba.

Pero lo que más me dolía era el inconfundible dolor del rechazo. Conocía muy bien esa sensación, para mí era como una segunda piel.

Detestaba volver a arrastrarme debajo de ella.

2

Probé a abrir la puerta para asegurarme de que la había cerrado bien, me giré y, por el rabillo del ojo, creí ver una figura sentada en el columpio que había en el porche delantero. Ahogué un grito cuando se levantó. Entonces lo reconocí.

Yo llevaba un abrigo, pero él sólo una camiseta sin mangas, aunque, la verdad, no me sorprendió.

– El… -uy, casi la fastidio-, Bubba, ¿cómo estás? -trataba de sonar casual, despreocupada. No lo conseguí, pero Bubba no era precisamente el tipo más avispado del vecindario. Los vampiros admitían que traerlo de vuelta, cuando había estado tan cerca de la muerte y tan saturado de drogas, había sido un gran error. La noche que fue convertido, uno de los empleados del depósito de cadáveres resultó ser un vampiro, además de un gran fan. Con un plan tan rebuscado como precipitado, que implicaba uno o dos asesinatos, el empleado lo había «traído de vuelta», había convertido a Bubba en un vampiro. Pero el proceso no siempre sale bien, ya sabéis. Desde entonces había vivido como uno de esos miembros de la realeza algo retrasados. Había pasado el último año en Luisiana.

– Señorita Sookie, ¿cómo le va? -aún conservaba un poderoso acento y seguía siendo muy guapo, con papada y todo. El pelo oscuro le caía por la frente con un estilo cuidadosamente descuidado. Tenía las densas patillas cepilladas. Algún fan no muerto le había acicalado para la noche.

– Estoy muy bien, gracias -contesté educadamente, sonriendo de oreja a oreja. Es lo que hago cuando estoy nerviosa-. Estaba a punto de ir al trabajo -añadí con la esperanza de poder subirme a mi coche y largarme. Algo me decía que no iba a ser así.



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