– Bueno, señorita Sookie, me han mandado para cuidar de usted esta noche.

– ¿Ah, sí? Y ¿quién te ha mandado?

– Eric -dijo, orgulloso-. Sólo estaba yo cuando recibió una llamada telefónica. Me dijo que trajera mi culo hasta aquí.

– Y ¿cuál es el peligro? -pregunté, oteando el claro de bosque en el que se situaba mi casa. La aparición de Bubba me había puesto muy nerviosa.

– No lo sé, señorita Sookie. Eric me dijo que la vigilara esta noche hasta que alguien de Fangtasia viniese… Eric, Chow o la señorita Pam, o incluso Clancy. Así que, si va a trabajar, me voy con usted. Yo me encargaré de cualquiera que la moleste.

De nada serviría interrogar más a Bubba presionando su frágil cerebro. Sólo conseguiría deprimirlo, y era mejor no hacerlo. Por eso, para evitarlo, procuraba tener presente no llamarle por su antiguo nombre…, aunque de vez en cuando le daba por cantar, y eso sí que merecía la pena escucharlo.

– No puedes entrar en el bar -le dije de repente. Sería un desastre. La clientela del Merlotte's estaba acostumbrada a los vampiros ocasionales, claro, pero no podría advertir a todo el mundo que no pronunciara su nombre. Eric tenía que estar desesperado, porque la comunidad vampírica solía mantener a los errores como Bubba lejos de la vista. Aun así, de vez en cuando, le daba por salir a vagar por su cuenta. Era entonces cuando se producían los «avistamientos» y los tabloides se volvían locos.

– ¿Qué te parece si me esperas en mi coche mientras trabajo?-el frío no afectaría a Bubba.

– Tengo que estar más cerca -dijo, y parecía que nadie le iba a convencer de lo contrario.

– Vale, pues ¿qué te parece el despacho del jefe? Está junto a la barra y me puedes oír si grito.

Bubba no parecía del todo convencido, pero finalmente asintió. Lancé un suspiro que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo. Lo ideal para mí habría sido quedarme en casa diciendo que me había puesto mala. Sin embargo, no es sólo que Sam esperara que acudiera, sino que también necesitaba la paga.



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