
Por la mañana, sobre las diez, me llamó una chica a quien no conocía; me dijo que se había enterado por la televisión de mi presencia en la ciudad, que ella estudiaba en la Universidad de Catania y que estaba terminando una tesis sobre una novela mía de carácter histórico, Il re di Girgenti. ¿Seríayo tan amable de concederle una entrevista?
No pude negarme. Resultó una joven agradable e inteligente, pero me entretuvo más de dos horas. Apenas me dio tiempo a comer y descansar media horita antes de ir al teatro.
Había mucha gente y los espectadores ya estaban sentados a la espera del comienzo del espectáculo. Por suerte, unos días atrás le había mandado comprar la entrada al conserje del hotel donde me hospedaba durante mi estancia siracusana.
Cuando llegué finalmente a mi localidad, señalada por un cojín rojo sobre la dura piedra, el asiento de mi izquierda todavía estaba libre. Me alegré en mi fuero interno; ganaría un poco de espacio y podría estar más cómodo, puesto que los espectadores estaban apretados los unos contra los otros, casi con los codos en estrecho contacto.
Mi esperanza de una mínima libertad de movimientos duró muy poco, pues el sitio, justo antes del inicio de la función, fue desconsideradamente ocupado por un sujeto bastante metido en carnes, ligeramente apopléjico, sudoroso y resollante. Al sentarse, poco faltó para que depositara su posadera derecha sobre mi pierna izquierda. Yo me aparté
