lo mejor que pude y él ni siquiera se disculpó. Por su aspecto -desgarrada camisa azul vaquera con un pañuelo rojo anudado al cuello, cabello crespo y alborotado, bigote poblado y descuidado, y cierta vulgaridad casi deliberadamente exhibida en sus gestos (me bastó ver y oír cómo se sonaba la nariz)-, poco o nada aparentaba tener en común con la representación de una tragedia clásica. Parecía que acabara de terminar de descargar cajas de pescado en el mercado y hubiera corrido al teatro sin tiempo para quitarse la ropa de trabajo y lavarse.

Por fortuna nos encontrábamos al aire libre, y poco después una agradable brisa empujó el olor a pescado en otra dirección. Antes de que la representación, mucho menos emocionante de lo que esperaba, tocara a su fin, mi vecino se levantó y se fue.

Yo, en cambio, creo que fui el último espectador en abandonar el teatro. Aún recordaba con toda claridad el juego de las golondrinas al anochecer, cuando, volando bajo las construcciones escenográficas de cartón piedra, les daban misteriosamente vida, impregnadas de verdaderos graznidos de dolor, de verdadera sangre. Aquella última noche siracusana estaba invitado a cenar en casa de unos amigos a los que llevaba tiempo sin ver. Fuera del teatro vacilé un momento, sin saber si dar un largo paseo hacia Ortigia e ir después directamente a casa de mis amigos o bien pasar primero por el hotel. Decidí esto último, sobre todo para cambiarme el traje, pues se me antojaba que el que vestía todavía apestaba a pescado.

Al entregarme la llave de mi habitación, el conserje me dijo que alguien había llamado hacía unos minutos para preguntar si yo había regresado, pero no había querido dejar nombre ni teléfono.

No debía de ser nada importante, pues, de lo contrario, el anónimo comunicante me habría brindado la posibilidad de llamarlo a mi vez. Subí a la habitación.



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