
Con cierto alivio, oí acercarse un automóvil. El coche entró derrapando en el patio. Se apeó un cuarentón muy elegante, jadeando como si hubiera efectuado la carrera a pie. Me tendió una mano que estreché maquinalmente.
– Soy Gianni. Perdone mi retraso. Venga, venga.
No me dijo su apellido, pero su voz era distinta de la que me había contestado por teléfono. Abrió el portalón, que estaba cerrado con varias vueltas de llave. Enseguida me di cuenta de que la granja inducía a engaño. Me explicaré mejor: la parte exterior del edificio era la propia de una casa rústica de dos plantas, muy bien cuidada, tal como he señalado, pero el interior era el de una villa aristocrática. Los pocos muebles dieciochescos del amplio vestíbulo, del que partía una escalera de madera noble que conducía al piso superior, eran, por lo poco que yo entiendo, de gran valor.
El sedicente Gianni abrió una puerta, me hizo pasar a una amplia y ordenada biblioteca, y me invitó a sentarme en un mullido sillón.
– ¿Le apetece un café?
– La verdad es que lo necesito, gracias.
Se retiró. Yo me levanté y fui a echar un vistazo a una de las cuatro estanterías. En la parte inferior, junto al escritorio, había una toma telefónica, pero no se veía el aparato. Quizá lo habían retirado por miedo a que yo hiciera una llamada.
Todos los libros de aquella estantería se referían a la historia y la cultura de la isla: estaban Vigo, Amari, Pitre, Guastella, Salomone-Marino, la Historia de Fazello… La estancia estaba caldeada por un viejo radiador de hierro colado. Empecé a sentirme más a gusto. Me di la vuelta porque alguien acababa de entrar en el estudio. Una anciana campesina portando una bandeja. La depositó encima del escritorio y se retiró sin decir palabra. Me apresuré a beberme el café, que era verdaderamente bueno.
Después oí el ruido de un nuevo coche en el patio. Y al cabo de un rato, un parloteo en la entrada. Volví a acomodarme en el sillón. Un automóvil se puso en marcha y se fue. Entró un cincuentón muy bien vestido y de aspecto muy cuidado, sujetando, cual si fuera una maleta, una caja de madera de gran tamaño con una empuñadura en el centro de la tapa. Debía de ser ligera, pero incómoda de llevar. La depositó en el suelo. Me levanté y nos estrechamos la mano.
