Se sacó del bolsillo un pañuelo de gran tamaño, que se identificó de inmediato por su penetrante olor a pescado: era el mismo que llevaba la víspera alrededor del cuello.

– Pero ¿de veras es necesario?

– Eso me han dicho que haga y eso hago.

Al moverse se le abrió la chaqueta y entrevi la culata de una pistola. Cabía esperarlo. El hombre me vendó los ojos y me anudó el pañuelo a la nuca. A continuación oí que se apeaba.

– Tendría que tumbarse en el asiento.

¿Eran ésas las «limitaciones indispensables» a las que se refería la nota? Por otra parte, yo había aceptado participar en aquel juego, así que no podía (y, lo admito, tampoco quería) rebelarme.

Obedecí. El hombre regresó a su asiento y reanudamos la marcha.

Al cabo de un rato comprendí que el chófer estaba dando tortuosas y deliberadas vueltas para confundirme: ora recorríamos carreteras asfaltadas, ora nos tambaleábamos por caminos de carros. Seguimos adelante de esa manera durante casi una hora, y finalmente nos detuvimos.

– Puede quitarse el pañuelo y bajar.

Nos encontrábamos en el patio de una granja muy bien cuidada y rodeada por altos muros de piedra.

– ¿ Tiene móvil?

– Sí.

– Démelo.

Se lo entregué y él se lo guardó en el bolsillo. A continuación subió al automóvil y se fue. Me quedé perplejo en el centro del patio. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, el portalón también. Experimenté un estremecimiento de frío y volví a ponerme la chaqueta que me había quitado en el coche. El lugar debía de estar a no menos de ochocientos metros de altitud.

Empecé a arrepentirme de haber aceptado tan estúpidamente aquella invitación. De repente me asaltó una idea que me hizo sudar pese al frío: ¿y si fuera una broma organizada a mi costa? «A ver si en este momento una cámara oculta está grabando tu solemne estupidez», me dije.



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