
– Éste es otro de los motivos por los que me gusta venir a la Rosina -dijo, pero De Luca parecía pensar en otra cosa.
– ¿Ha vuelto el portero? -preguntó. Albertini sacudió la cabeza.
– No ha aparecido -dijo-, y su mujer empieza a preocuparse. Dice que desde que se casaron ha dejado de volver a comer sólo la vez que lo llamaron, después de la batalla de Caporetto.
– Hay que mandar que lo busquen.
Pugliese frunció el entrecejo.
– ¿Por qué? ¿Qué le ha dicho el jefe?
– Que encontremos a quien ha matado a Rehinard.
– Qué raro.
– Son gajes del oficio.
– Ya, pero… quería decir… ¡Joer, comisario, que ya sabe lo que quiero decir!
– Lo sé, y es verdad que es raro. Y yo creo que también es peligroso. Quieren algo que distraiga a la gente, pero no me fío de esa sabandija de Vitali. Hasta tenemos la atención de la prensa.
– ¡Su padre, nuestro nombre en los periódicos! Mira qué bonito…
La chica volvió con dos platos de espaguetis, puso uno delante de De Luca y otro se lo tendió a Pugliese, luego se alejó arrastrando las zapatillas, seguida por la mirada de Albertini.
– He pedido también para usté, comisario, si no lo quiere lo devuelvo.
De Luca sacudió la cabeza. No había desayunado, pero como siempre cuando se sentaba a la mesa se le pasaba el hambre, como el sueño por la noche, para volver en el momento más inoportuno. En ese momento sentía náuseas. Cogió el plato y se lo pasó a Albertini, que se lo agradeció con una inclinación, luego se quitó el impermeable y lo dejó en una silla cercana, con cuidado, pues llevaba la pistola en el bolsillo. Bebió un sorbo de vino tinto y aguardó con una mueca a que se manifestara el ardor de estómago y luego, obstinado, bebió otro.
– Hay que mandar que busquen al portero -dijo. Pugliese suspiró enrollando con el tenedor una enorme maraña de espaguetis.
