– Qué malas costumbres tiene usté, comisario.

– Es raro que haya desaparecido así -continuó De Luca-, no me gusta. Y también hay que buscar a la criadita. Y hay que ir al Partido Fascista Republicano a recoger toda la información sobre el tal Rehinard.

A Albertini se le escapó una sonrisa, que ocultó detrás de la servilleta.

– ¿Va usted, comisario? Es que si voy yo a preguntar ciertas cosas me echan a patadas…

– Tenemos carta blanca, ¿no? Máxima colaboración, lo ha dicho Vitali… Y si no colaboran, tanto mejor, así acabamos antes. ¿Qué ha dicho el médico?

Pugliese levantó una mirada suplicante a De Luca, que estaba bebiendo otro sorbo de vino, con los ojos cerrados.

– ¿Lo quiere saber ahora mismo? Está bien… Tras un primer examen, a ojo de buen cubero, Rehinard ha muerto por un golpe de arma blanca en el corazón, bastante preciso, que lo ha matado en el acto. El segundo golpe, en la ingle, se realizó después, y era superfluo. Habrá muerto no hace más de cuatro o cinco horas, a lo largo de la mañana… El doctor Martini acierta siempre en esto de la hora. En fin, en un par de días podrá decirle más. Pero ¿por qué no come algo en lugar de beber tanto vino en ayunas? ¿Prefiere los espaguetis sin tomate?

De Luca levantó una mano, mirando fijamente el vaso.

– En cuanto acabes -le dijo a Albertini-, corre al partido y pregunta por Rehinard, petición del comisario De Luca, por orden de Vitali. Luego llama a la comisaría y pon una orden de busca y captura para… ¿cómo se llama el portero?

– Galimberti, Oreste Galimberti.

– Para ése, oficinas de policía, comisarías, Guardia Nacional, Política, todo, hasta la Muti.

Albertini apuró la copa, echó un último vistazo al trasero de la chica que pasaba y salió.

– ¿En quién podemos confiar del equipo? -preguntó De Luca al cabo de poco. Pugliese le sirvió más vino, pues le tendía la copa.

– En todo el mundo -dijo-, son todos buenos chicos y patriotas sinceros.



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