– No me refería a eso. Me huele a chamusquina, Pugliese…

– Bueno, si se refiere a chicos espabilados y discretos entonces en Albertini, aunque es un poco cabeza loca, e Ingangaro, el calvo de esta mañana. Y también Marcon, el que estaba de guardia, no es muy espabilado pero sabe hacer bien su trabajo.

– Bien. -De Luca miró la sombra rojiza que teñía la copa por donde había bebido-. Encargad la criada a Ingangaro, que controle a los evacuados y que se dé una vuelta por los pisos del edificio, que pregunte por Rehinard.

– Muy bien. ¿Y nosotros? ¿Qué hacemos nosotros? ¿Nos tomamos un café café?

– Eso por descontado. Luego llamamos a Tedesco para pedirle una cita para hoy… Un momento, ¿cómo van a tener café de verdad en este sitio?

– La leche, comisario, ¿es que no descansa nunca? Acábese el vino y déjeme a mí, no se preocupe…

CAPÍTULO TRES

– ¿Sí?

– Comisario De Luca e inspector Pugliese, policía. Tenemos una cita con el conde.

– Un momento.

La mujer retiró la cabeza y cerró la puerta. De Luca se ciñó el impermeable al cuello y levantó la cabeza para mirar la fachada silenciosa del palacio que se alzaba ante ellos. Al cabo de un instante la puerta se abrió, dando paso a un hombre anciano.

– ¿Sí?

– Comisario De Luca e inspector Pugliese, policía. Querríamos ver al conde, tenemos una cita.

El hombre abrió la puerta y se apartó para dejarles paso. Entraron en un salón enorme, con una gran escalera, pero de repente el hombre anciano dijo «un momento» y desapareció. De Luca apretó los dientes.

– Ahora empiezo a cabrearme en serio -murmuró, y Pugliese sonrió. Se quedaron esperando inmersos en la penumbra conventual, un minuto, dos minutos, casi tres, luego el ruido seco de pasos lejanos resonó en el silencio total, casi absurdo, del palacio, y un joven sacerdote salió por una puerta del salón. Parecía realmente un convento. El sacerdote se acercó rápidamente, con la sotana ondeando en torno a los tobillos, sobre los zapatos negros de charol. -¿Sí?



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