– ¡Me importan un pito los asuntos imprevistos! -gruñó De Luca, con un p-p-pito que parecía salido de un discurso de Mussolini-. ¡Se trata de una investigación oficial de la comisaría sobre un caso de homicidio! ¡Si el señor conde no quiere hablar con nosotros, mandaré que lo convoquen a la Central mañana por la mañana!

Don Vincenzo se sobresaltó más ahora que por la blasfemia, y dejó de cabecear.

– ¡Usted no sabe lo que dice! ¡A la comisaría! No es posible… pero si insiste veré qué puedo hacer. Quizás su excelencia quiera recibirles… y sepa explicarse mejor que yo.

Dijo las últimas palabras con el tono suave de siempre, pero seguía pareciendo una amenaza. Se volvió con un gesto rápido, la sotana se le enrolló a las piernas, y cuando volvió a caer dio un paso, invitándoles a seguirle. Abrió una puerta y se apartó para dejarles pasar a lo que parecía una biblioteca:

– Si quieren esperar… -dijo, luego cerró la puerta y sus pasos resonaron rápidos por el salón.

– ¡La madre que lo parió! -gruñó De Luca-, ¡yo hago que me lo traigan a comisaría de verdad, con guardias y todo!

– No lo piense más, comisario, ya antes con el sacerdote ese… Acabará usté dando un paso en falso.

– ¡Ojalá! ¡Que me quiten el caso de una vez! ¡No sabes cómo me gustaría, Pugliese!

– No lo piense más… Y mire qué barbaridad.

Pugliese miró a su alrededor, señalando con el sombrero las paredes recubiertas de libros. Era una estancia bastante grande, dividida en dos por un sofá enorme, colocado de espaldas. La luz que entraba por una ventana cerrada con una cortina pesada era escasa. Pugliese se acercó a los libros, entornando los ojos para leer los títulos:

– Qué alegres… -dijo-, Educación a la muerte, El martirio de San Sebastián, Mística de la cruz… mire ese cuadro… ¡Jesús!

Pugliese retrocedió de un salto hacia la librería, y dejó caer el sombrero de las manos.



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