Ahora miraba el sofá, y De Luca se adelantó, para rodearlo y quedarse clavado también él, boquiabierto. En el sofá, sentada inmóvil, con los ojos entornados y las piernas cruzadas, había una joven. Tenía los brazos abandonados a los costados, con las palmas de las manos hacia arriba, y el corto vestido se le había quedado por encima de las rodillas. Era rubia, con el cabello corto a lo paje y flequillo, muy mona, menuda, pálida. Le faltaba un zapato. Por un momento, De Luca le miró el pecho para ver si respiraba, luego lo vio moverse, lento. Pensó que dormía, pero ella abrió los labios.

– Me están molestando -murmuró.

– ¿Perdón? -dijo Pugliese.

– Me molestan. Déjenme sola, por favor, váyanse.

De Luca se acercó inclinándose hacia delante para ver aquellos ojos ocultos tras los párpados entornados, un poco saltones, y advirtió los labios rojos, de un rojo intenso. Como el de la copa.

– Estamos esperando al señor conde -dijo-, nos han traído aquí y no sabíamos que hubiera nadie. Es que…

La joven abrió los ojos, miró a De Luca y luego giró la cabeza de lado, sin moverse, hacia Pugliese. Tenía los ojos verdes, de un verde opaco, y una mirada extraña, suave, como si se acabara de despertar o empezara a emborracharse.

– Me gusta estar sentada en penumbra -dijo-, sola, y pensar. Me relaja y casi me duermo. ¿Ustedes no lo hacen nunca?

– Uy, ya lo creo -dijo Pugliese, tras mirar de reojo a De Luca-, muy a menudo. Es un buen pasatiempo.

– Siéntense a mi lado, por favor. -La chica dio una palmada en el pesado terciopelo del sofá-. ¿Dónde está mi zapato?

Pugliese miró a su alrededor y vio la punta de un zapato negro que asomaba por debajo de la cortina. Lo cogió y se sentó, un poco apurado, pero ella se lo arrebató y lo mantuvo en la mano. De Luca se apoyó con los hombros en la campana de la chimenea, delante de ella.

– ¿Es usted Sonia Tedesco, la hija del conde?

– ¿Y usted quién es?



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