
– Me están molestando -murmuró.
– ¿Perdón? -dijo Pugliese.
– Me molestan. Déjenme sola, por favor, váyanse.
De Luca se acercó inclinándose hacia delante para ver aquellos ojos ocultos tras los párpados entornados, un poco saltones, y advirtió los labios rojos, de un rojo intenso. Como el de la copa.
– Estamos esperando al señor conde -dijo-, nos han traído aquí y no sabíamos que hubiera nadie. Es que…
La joven abrió los ojos, miró a De Luca y luego giró la cabeza de lado, sin moverse, hacia Pugliese. Tenía los ojos verdes, de un verde opaco, y una mirada extraña, suave, como si se acabara de despertar o empezara a emborracharse.
– Me gusta estar sentada en penumbra -dijo-, sola, y pensar. Me relaja y casi me duermo. ¿Ustedes no lo hacen nunca?
– Uy, ya lo creo -dijo Pugliese, tras mirar de reojo a De Luca-, muy a menudo. Es un buen pasatiempo.
– Siéntense a mi lado, por favor. -La chica dio una palmada en el pesado terciopelo del sofá-. ¿Dónde está mi zapato?
Pugliese miró a su alrededor y vio la punta de un zapato negro que asomaba por debajo de la cortina. Lo cogió y se sentó, un poco apurado, pero ella se lo arrebató y lo mantuvo en la mano. De Luca se apoyó con los hombros en la campana de la chimenea, delante de ella.
– ¿Es usted Sonia Tedesco, la hija del conde?
– ¿Y usted quién es?
