
– ¡Nos la pagarán! -le gritó a la cara un militar graduado, aferrándolo por las solapas del gabán-. ¡Represalia! ¡Carta blanca!
– Carta blanca, sí -respondió De Luca liberándose de la tenaza histérica que lo estaba desnudando-, claro, claro…
Y se alejó a toda prisa, sin volverse, suspirando entre los labios que le sabían a polvo. Le dolía una rodilla. Pensó: «Ya sabía yo que no tenía que pararme a mirar», y dobló la esquina, mientras los primeros camiones hacían chirriar los frenos y los alemanes bajaban de un salto a cortar las calles.
Hundió las manos en los bolsillos y se ciñó el impermeable, pues la primavera tardaba en llegar y todavía hacía frío, dobló otra esquina y contó las placas en las paredes de los edificios hasta la número quince. Subió uno de los escalones de la entrada, volvió atrás para mirar de nuevo el número, Via Battisti, número 15, y entró decidido. Pasó por delante de un ascensor con una jaula y una puerta imponentes de hierro fundido y se detuvo ante la luneta de la portería, pero no había nadie. Empezó a subir un tramo de escaleras blancas y relucientes, como de mármol, menuda casa de señores aquella, y por contraste, pasándose la mano por el mentón áspero, se le ocurrió que ya era hora de afeitarse. En el primer piso, un hombre salió a su encuentro, gordo, con un gabán grueso y cara cuadrada de comisaría.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó, nervioso-. Esa explosión de ahí fuera…
– Un atentado -dijo De Luca-. Han tirado una bomba en el funeral de Tornago. Pero ya está todo controlado…
– Ah, bueno… -el hombre sacudió la cabeza, como si fuera a decir algo, pero luego dio un paso adelante y plantó la mano en el pecho de De Luca, que se acercaba decidido a una puerta, y lo detuvo a media zancada, con una pierna delante y un contragolpe que le dolió en el cogote.
