– ¡Eh, tú! ¿Adónde crees que vas?

De Luca cerró los ojos, distendiendo por un momento las arrugas del insomnio que le cruzaban la cara. Dijo «un momento» con la mano derecha, y con la izquierda se sacó del bolsillo un carné, que el gorila reconoció enseguida, antes incluso de leerlo, y palideció. Extendió el brazo en un saludo, haciendo chocar los talones.

– Perdone, comandante. Si me lo hubiera dicho antes…

De Luca asintió y se guardó el carné.

– Es igual -dijo-, pero no me llames comandante, ya no estoy en la Muti [2], soy comisario. Me encargo de este caso. ¿Quién hay dentro?

– El inspector Pugliese, de la Móvil [3]. Y la escuadra.

– Nada de autoridades, periodistas, parientes…

– Sólo la comisaría.

– Vale. Que no entre nadie… aparte de mí, claro. Déjame pasar, por favor.

– Perdone. A su disposición, comandante.

– Comisario, no comandante, comisario.

– Sí, perdone. A su disposición, comisario.

De Luca suspiró, mientras el gorila daba un paso de lado y le abría la puerta. Entró en un zaguán más bien pequeño y estrecho, que contrastaba con la idea que se había hecho del piso. A un lado de la entrada había una mesita, pequeña y de patas arqueadas, con un teléfono blanco encima, y al otro lado un perchero, estampas en las paredes, y al fondo, en el trozo de cuarto enmarcado por el quicio de la puerta, había dos hombres. Lo miraron acercarse, uno pequeño y de nariz picuda, con un sombrero negro, el otro delgado, joven y con gafas.

– ¿Qué ha pasao? -preguntó el pequeño con un fuerte acento sureño-. ¿Una bomba?



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