– Comisario De Luca.

– ¿Han venido a arrestarme?

– ¿Ha hecho algo malo? -preguntó Pugliese, y ella se encogió de hombros. Su vestido era negro, muy veraniego y bastante ajustado, le tapaba los brazos pero le dejaba al descubierto cuello y hombros.

– ¿Conoce a Vittorio Rehinard? -preguntó De Luca, y ella levantó la barbilla, para mirarlo por debajo de los párpados entornados.

– Me cae usted mal -le dijo, luego se volvió hacia Pugliese y le tocó la nariz con la punta del dedo, un dedo pequeño con la uña redonda. Pugliese se sonrojó-. Usted en cambio me cae bien. Se lo diré a usted: yo conocía al señor Rehinard.

– ¿Lo conocía desde hace mucho?

– Desde que lo conoció papá.

– ¿Cuándo lo vio por última vez?

– Quizás cuando vino aquí, el viernes pasado.

– ¿Y esta mañana no ha ido a verle?

– Nunca me levanto antes de mediodía. -Sonia Tedesco estiró una pierna hacia De Luca, tendiéndole el zapato, sin mirarlo-. ¿Quiere ponerme el zapato, por favor? -le preguntó-, tengo frío en el pie.

– Con mucho gusto -dijo De Luca, y suspiró lanzando una ojeada a Pugliese, que sonreía sin contención. Se inclinó y, aguantándola por el tobillo, le puso el zapato, con cierta delicadeza, y entonces ella, rápida, levantó la pierna y lo tocó con la punta, apenas lo rozó, dentro del impermeable, poco más abajo de la cintura, un gesto rapidísimo que Pugliese no notó.

– ¿Cómo es ese Rehinard? -preguntó Pugliese, mientras De Luca, sorprendido y avergonzado, miraba a Sonia, impasible, preguntándose si lo habría hecho aposta.

– Guapo -dijo Sonia-, muy guapo. Pero también muy estúpido. A todo el mundo le gustaba.

– ¿A usted también?

Sonia volvió a encogerse de hombros.

– A todo el mundo le gustaba. Incluso a Valeria.

– ¿Quién es Valeria? -preguntó De Luca, pero en ese momento la puerta de la biblioteca se abrió y entró un hombre alto, de cabello fuerte y despeinado, gris, con un rizo compuesto que le bajaba por la frente fruncida.



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