– ¡Nos ha tomado el pelo todo el mundo -gruñó-, empezando por el cura ese! ¡Pero los voy a encerrar a todos y van a tener que escupir sangre!

Pugliese puso el motor en marcha, con cierta dificultad, pues era un bonito coche de aspecto, pero, desde luego, no era nuevo.

– No lo piense más, comisario -dijo, separándose de la acera-, con todo el jaleo que ha montado, mañana le quitan el caso y le ponen en Pasaportes.

– ¡Ojalá!

Pugliese sacudió la cabeza.

– No me creo que lo diga en serio, empiezo a conocerle. Usté es de los que cuando ha empezao tiene que ir hasta el final, y se cabrea si no le cuadra todo, principalmente si intentan ocultarle algo. ¿Qué me dice de la pequeña Sonia?

De Luca se removió en su asiento, pues su recuerdo lo turbaba, aunque no quisiera, y tuviera otras cosas en que pensar.

– Lo mismo que usted, seguramente. Ojo apagado, reflejos lentos, pálida y ese timbre de voz… ¿Morfina?

– Sin duda. Me hubiera gustado destaparle los brazos.

– Y además está lo del viernes… ¿por qué ha dicho el cura que no ven a Rehinard desde hace un mes si estuvo en su casa el viernes? Y por qué Sonia dice que no se levanta nunca antes de mediodía si esta mañana estaba en casa de Rehinard, porque la rubita que ha visto la portera era ella… Y ¿quién es esa tal Valeria? Tiene usted razón, Pugliese, este caso me interesa. Me huele a chamusquina, pero me interesa.

– Me alegro. ¿Y ahora qué hacemos?

– Volvamos a Via Battisti. Quiero hablar con esa vieja antes de seguir.

El camión de la GNR estaba todavía aparcado en la acera, y un militar graduado fumaba, sentado en el estribo, con las manos apoyadas en la metralleta colgada en bandolera. Albertini y Marcon estaban hablando no muy lejos, y cuando vieron llegar el coche se acercaron rápidamente. Marcon abrió la portezuela de De Luca y la sostuvo por la manilla, Albertini se dirigió a Pugliese.



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