– Habrá que interrogar a esos idiotas de la GNR -dijo-, pero, con la suerte que tenemos, que me corten el pescuezo si alguien ha visto nada. Quiero ya a ese portero. Y a la criada. -Inspiró hondo, para reunir fuerzas, luego, de un impulso doloroso se arrancó de las escaleras y se volvió a poner en pie.

– Usted quédese aquí -dijo a Pugliese-, haga lo que tenga que hacer. Yo me voy.

– Eso, comisario, échese un buen sueñecito.

– No voy a casa -De Luca se dirigió hacia la puerta-. Voy a que me lean la mano.

CAPÍTULO CUATRO

No parecía el antro de una bruja. Parecía más bien un ambulatorio, elegante y un poco anónimo, muy limpio. Solamente una estampa color sepia de los signos del zodiaco daba un toque, un toque apenas, de ambiente. De Luca estaba sentado en un sofá duro, solo, mirando una puerta de vidrios de colores, con los brazos cruzados sobre el pecho. Había dado su tarjeta de visita a una chica menuda y morena, muy corriente ella también, y estaba esperando a que volviera. En medio de aquel silencio inmóvil, alterado sólo por el tintineo de la lluvia que empezaba a golpear contra los cristales de una ventana cuadrada, situado por encima de él, volvió a abordarlo el sueño, haciéndolo vacilar. Echó la cabeza hacia atrás y apoyó la nuca en la pared blanca, un poco fría, exhalando todo el aire que tenía en los pulmones. Se sentía frío, polvoriento y desaliñado, y le apetecía tomar un baño, dormirse en la bañera, diluirse en el agua y colarse con ella por el desagüe. Pero no, debía esperar inmerso en aquella neblina densa, en el tic tic de las gotas contra el cristal, para ver a una vieja gitana con aros en las orejas y mirada turbia. Bostezó dolorosamente cerrando los ojos, y cuando los abrió, con la vista empañada, la puerta de cristales se abrió y salió Sonia Tedesco.



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