
– Me esperaba algo más… misterioso -dijo De Luca-, búhos disecados, cortinajes negros…
– Ésta es mi casa -explicó ella-, aquí no trabajo nunca. Voy a casa de quien me busca. -Tenía una voz suave y algo grave, que de vez en cuando subía en un ligero acento que parecía veneto, tal vez friulano, y que le abría las vocales-. ¿Es usted el comandante De Luca?
– Comisario, ahora soy comisario. Esa tarjeta de visita es vieja. ¿Y usted es… Sibilla?
– Valeria Suvich es mi nombre. ¿Qué quiere de mí?
«Valeria»… De Luca sonrió:
– Debería usted saberlo, ¿acaso no es vidente?
Pero Valeria no sonrió. Señaló una silla al otro lado de la mesita cuadrada y se apartó el cabello de la frente, mirándolo mientras él se sentaba; logró que se sintiera incómodo.
– Ya le he dicho que no trabajo en mi casa -dijo-, sólo fuera.
– ¿Y qué hace?
– Leo el futuro. En la mano, en los astros, en las cartas, en los posos del café…
– ¿Y qué ve?
– Todo lo que la gente quiere que vea.
– Entonces es usted una estafadora.
– No. ¿Quiere tomar algo?
De Luca asintió. La chica morena se había ido a toda prisa, sin saludar, pues al cabo de pocos minutos empezaba el toque de queda. Había dejado una mesita redonda con una botella y dos copas, que Valeria acercó, girándose en la silla, con un peligroso tintineo. Vertió algo que parecía oporto en una copa y se la tendió a De Luca, luego se sirvió ella. De Luca bebió un sorbo, apretando los dientes porque el estómago vacío empezó enseguida a arderle, e instintivamente se fijó en Valeria, que bebía, y en la pequeña marca de pintalabios que dejaba en la copa: era muy claro, demasiado.
– ¿Qué quiere saber de Vittorio? -preguntó Valeria, tras un instante de silencio.
