
– Un atentado -repitió De Luca-. Granadas en el funeral de Tornago.
– ¿Sólo granadas? -dijo el delgado-. ¡Parecía que el frente hubiera llegado hasta aquí!
– Todo el mundo ha perdido la cabeza y se ha puesto a disparar.
El delgado se quitó las gafas, sacudiendo la cabeza.
– Alguno que otro la habrá palmao. Están tan mal que se matan entre ellos Se ha vuelto peligroso hasta el funeral de un jerar… -se interrumpió, pues el pequeño, que observaba a De Luca con los ojos entornados, acercándose le había estrechado el brazo por encima del codo.
– Yo a usté lo conozco -dijo-, es de la Política. ¿Es suyo este caso? Pues se lo dejamos con mucho gusto. Ven, Albertini, vámonos…
De Luca levantó un brazo y los detuvo en el umbral, con un suspiro hondo que era casi un lamento.
– ¿Cuántas veces lo voy a tener que repetir hoy? -dijo-. Ya no estoy en la Política, soy el comisario De Luca, de la plantilla de comisaría. Ayer me trasladaron de la Brigada Ettore Muti, sección especial de la policía política, y todavía no tengo los documentos, pero trabajamos juntos. Me han dado el caso. ¿Queda claro ahora?
El hombre de la nariz picuda se quitó el sombrero, inclinando la cabeza:
– A su disposición.
Pero Albertini no dijo nada más. De Luca entró en la habitación. Justo a su lado, a su derecha, había un hombre echado en el suelo bocarriba, con un brazo doblado en alto, apoyado en la pared. Vestía una bata azul de seda, y tenía una herida ancha, oscura y pegajosa en el pecho, a la altura del corazón. Otra, en la ingle, asomaba bajo el borde de la bata manchada de sangre. De Luca lo miró un buen rato, luego miró a su alrededor, las paredes recubiertas de libros, el escritorio con la lamparita de vidrio, las butacas en el centro de la estancia, la mesita baja, la lámpara de techo, los espejos, la alfombra, todo en perfecto orden. Pues sí que era una casa de ricos, aquélla.
– ¿Quién es? -preguntó, volviendo a mirar al muerto.
