
– Todavía no, pero lo hemos llamado.
– ¿Y el inspector Pugliese?
– Pugliese soy yo.
– Ah.
De Luca se detuvo de nuevo delante del muerto. Lo miró y luego con la punta del zapato corrió el borde de la bata que le cubría las piernas. Albertini se volvió hacia el otro lado. En cambio, Pugliese se acercó, agachándose, con las manos apoyadas en las rodillas.
– ¿Celos? -dijo. De Luca se encogió de hombros.
– Quizás -murmuró-. Aquí ha habido una mujer, y no hace mucho. Yo diría que rubia a juzgar por el color del pintalabios de esa copa… El arma no está, ¿verdad?
– No, de momento no hemos encontrado el puñal o el cuchillo o lo que sea.
– Un abrecartas.
– ¿Un abrecartas? -Pugliese volvió a mirarlo mal.
– Probablemente. Es lo único que falta en el escritorio, que está equipadísimo, y hay sobres abiertos con la fecha de hoy.
De Luca volvió a la mesita y se dejó caer sobre una butaca. Acercó el rostro a la copa manchada de pintalabios y respiró hondo. Olía a alcohol. ¿A esas horas de la mañana? Qué raro. Y la otra estaba vacía. De repente, como le sucedía constantemente desde hacía una semana, lo asaltó una oleada de sueño que le hizo bostezar, siempre en el momento menos oportuno y nunca por la noche, cuando se quedaba mirando la oscuridad del techo o daba vueltas en la cama, a un lado y otro, con los párpados apretados, enredado en la sábana.
– ¿Quién les ha llamado? -preguntó.
– El portero -dijo Pugliese-, que es quien ha descubierto el muerto. Pasaba por aquí delante y ha visto la puerta abierta de par en par, ha entrado y lo ha visto todo. Nos ha llamado su mujer.
Un hombre casi calvo, con unas gafas de montura ligera, entró en la habitación y se detuvo, mirando primero a De Luca y luego a Pugliese, quien asintió con un leve gesto de la cabeza.
