
– Ahí no hay nada -dijo el hombre calvo-. Sólo el baño y uno de los cuartos están habitados, los demás están vacíos.
– ¿No hay otro dormitorio? No sé, con ropa de mujer en los cajones… cosas de ésas -preguntó De Luca, y Pugliese sonrió cuando el calvo negó con la cabeza.
– Nada, sólo un dormitorio con objetos masculinos, ropa, neceser, zapatos…
– ¿Manchas en la cama?
– ¿Perdón?
– Manchas fisiológicas, en las sábanas.
– ¡Ah, ya…!, no, nada. Todo en orden, la cama también está hecha.
– ¿Pelos en los cepillos?
El calvo miró de reojo a Pugliese, irritado.
– Rubios, lisos y largos como los del señor que está en el suelo.
De Luca asintió, recostándose sobre el respaldo de la butaca. Su cabeza descendió entre los hombros, hundiéndose en el cuello del impermeable. Estiró las piernas, clavó los tacones en el suelo y se habría dormido allí mismo, en una nube de tela blanca sucia de polvo, cortada por la mitad por la camisa negra, con su rostro híspido y rugoso que bajaba lentamente hacia el cuello.
– ¿Se encuentra bien? -preguntó Pugliese-. Tiene mala cara.
– Sufro de insomnio -dijo De Luca en un susurro-, y no sólo eso… Pero no se preocupe, no me duermo, sólo estaba pensando. No nos queda más que escuchar al portero y ver cómo era este Rehinard, a quién solía ver y quién ha entrado esta mañana. Y si tenía criada, porque a mí eso no me convence.
Pugliese asintió enérgicamente.
– Muy bien. ¿Y luego?
De Luca lo miró a los ojos, serio:
– Luego nada. ¿Qué más quiere hacer? Tenemos a un tío más bien acaudalado, miembro del partido y relacionado con Tedesco. Saben quién es Tedesco, ¿verdad? Ministro de Exteriores… Un tío asesinado de una forma que promete ser bastante sucia. ¿Creen que será posible investigar algo? ¿O que le interese a alguien, en los tiempos que corren, con los americanos en Bolonia? Me corto el cuello si nos dejan seguir.
