Pugliese sonrió y extendió los brazos mientras De Luca clavaba las manos sobre los brazos de la butaca y de un impulso se ponía en pie, tambaleándose.

– A su disposición -dijo, y lo siguió hacia la puerta, con el sombrero en la mano. Se detuvo delante del ascensor, con el dedo casi en el botón, pero tuvo que apresurarse sobre sus cortas piernas para alcanzar a De Luca, que estaba ya a media escalera.

– ¡Comandante! -jadeó-, ¡ay, mecachis…! ¡Perdone, comisario, es que no hay manera de que me acuerde! Oiga, al portero la placa se la enseño yo, si me lo permite. Si ven la suya se asustan y se callan la boca.

De Luca no contestó. Llegaron a la portería y Pugliese llamó al cristal con los nudillos, pero De Luca abrió la puerta y entró directamente, arrollado por un olor a col y a cerrado que le hizo arrugar la nariz y el estómago. Dentro, sentada en una silla de paja delante de una estufa encendida, había una mujer de cabello blanco con un rosario en las manos. Probablemente demostraba más años de los que tenía.

– Buenos días -dijo De Luca a la vieja, que lo miraba boquiabierta-, estoy buscando al portero.

Pugliese entró en el cuartucho y descorrió una cortina que separaba el resto del piso, donde una cazuela de col hervía en una cocina barata.

– Yo no sé nada -dijo la vieja-. Mi marido no está y yo no sé nada.

– Pero al señor de arriba lo conoce, ¿verdad? -preguntó De Luca. La vieja se encogió de hombros.

– No soy yo quien conoce a todo el mundo -dijo-, es mi marido.

– Así, a simple vista, parecía buena persona, ese señor -dijo Pugliese insinuante. La vieja se volvió de golpe, haciendo tintinear el rosario.

– ¿Buena persona? ¿Con todas las mujeres que recibía a todas las horas del día? Cómo se ve que no conocen ustedes a la gente.

– Qué quiere que pase por recibir a alguna que otra buena chica, hoy en día…



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