Gabriel nunca se salía de la estrecha demarcación en la que regían las normas convenidas, siempre se detenía en la línea fronteriza y, con una sonrisa cortés, observaba y esperaba, acostumbrado a medir y a sopesar sus acciones, incluso las más rutinarias, para poder prever las consecuencias. Nunca lloraba ni mostraba emociones e, incluso en los momentos de mayor tensión, o precisamente en ésos, parecía desplegar una capacidad innata para dominarse. Hasta que sucedió lo de Ada vivió convencido de que saldría adelante siempre y en cualquier lugar, y de que poseía auténtico talento para mantener la calma en las circunstancias más difíciles. Y, cuando, tras la ruptura, se desmoronó de una manera tan extraña en él, solucionó rápidamente aquella crisis contraponiendo a la inestabilidad de Ada la sensatez de Patricia. Aquella flexibilidad, aquella lucidez, aquella indiferencia, aquella contención, aquella precavida desconfianza ante el mundo, en suma, le habían sido de enorme utilidad para asumir la muerte de sus padres y adaptarse a la vida que le tocó vivir después, para aceptar la separación de Cordelia más tarde, para superar, incluso, la pérdida de Ada. Se diría que Cordelia, sin embargo, se había esforzado toda su vida en nadar contracorriente, en balar dos octavas por encima del rebaño, en huir de lo convencional como un gato del agua. Incluso en la adolescencia, cuando quien más quien menos intenta adaptarse a las ideas del grupo, Cordelia se esforzaba en leer lo que los demás no leían, en escuchar la música que la mayoría deploraba y en vestir de negro de pies a cabeza, completamente indiferente a la opinión de los otros, al menos en apariencia. Retraída y desdeñosa, mantenía una prudente distancia con respecto al resto del mundo, como si viviera en una jaula propia en la que sólo permitía entrar a su hermano.


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