Pero incluso su propio hermano era incapaz de seguir sus razonamientos. Cada vez que intentaba avanzar por los meandros y derroteros de una de las conversaciones filosóficas de Cordelia, le daba la impresión de que la charla se perdía en términos nebulosos que él no acertaba a descifrar. Voluble y extrema, su hermana pasaba del júbilo intenso a la lúgubre desesperación como si atravesara puertas giratorias. (Años más tarde le atraería de Ada esa misma volubilidad que había aprendido a amar en su hermana.) Cordelia era de decisiones prontas e impulsivas: irse a vivir a Canarias había sido una de ellas.

«Llevaré un cartel con su nombre», le había dicho ella. Pero no lo llevaba. Cuando Gabriel llegó, una mujer morena se acercó a él y le tendió la mano. Caminaba con un contoneo circular tierno y dulce. La masa oscura de una melena vaporosa aureolaba un rostro pequeño y triangular invadido por los ojos inmensos, muy negros, de una gravedad desolada.

– ¿Cómo me ha reconocido?

– Porque eres idéntico a Cordelia.

La mujer que le había recibido en el aeropuerto era incontestablemente guapa, pero se presentía una tristeza en su aire lánguido, como si a la sangre le costara remontar con lentitud el recorrido necesario para mantenerla viva. Tenía el pelo y los ojos oscuros, piel dorada, pómulos angulosos, cuello esbelto, cintura estrecha, brazos y piernas largas, manos suaves y expresivas con uñas bien pulidas, sin esmaltar, y un aire levemente masculino en el vestir: pantalones negros y camisa blanca, ambos de lino. Esa sobria indumentaria transmitía la misma austera dignidad de una reina desposeída que le había fascinado en Ada. Iba sin maquillar y le recordaba también a ella -pese a que Ada fuera rubia- en la naturalidad y la falta de afectación. De edad indefinida, podría tener entre veinticinco y treinta y tantos años. El color de sus ojos pasaba de castaño a negro según la intensidad y la inflexión de la luz que recibieran en un momento determinado.



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