
«Llevaré un cartel con su nombre», le había dicho ella. Pero no lo llevaba. Cuando Gabriel llegó, una mujer morena se acercó a él y le tendió la mano. Caminaba con un contoneo circular tierno y dulce. La masa oscura de una melena vaporosa aureolaba un rostro pequeño y triangular invadido por los ojos inmensos, muy negros, de una gravedad desolada.
– ¿Cómo me ha reconocido?
– Porque eres idéntico a Cordelia.
La mujer que le había recibido en el aeropuerto era incontestablemente guapa, pero se presentía una tristeza en su aire lánguido, como si a la sangre le costara remontar con lentitud el recorrido necesario para mantenerla viva. Tenía el pelo y los ojos oscuros, piel dorada, pómulos angulosos, cuello esbelto, cintura estrecha, brazos y piernas largas, manos suaves y expresivas con uñas bien pulidas, sin esmaltar, y un aire levemente masculino en el vestir: pantalones negros y camisa blanca, ambos de lino. Esa sobria indumentaria transmitía la misma austera dignidad de una reina desposeída que le había fascinado en Ada. Iba sin maquillar y le recordaba también a ella -pese a que Ada fuera rubia- en la naturalidad y la falta de afectación. De edad indefinida, podría tener entre veinticinco y treinta y tantos años. El color de sus ojos pasaba de castaño a negro según la intensidad y la inflexión de la luz que recibieran en un momento determinado.
