Ambos eran jóvenes profesionales muy bien pagados, y por lo tanto, en el mundo exterior, fuera de aquel cuarto de baño y aquella casa, se les suponía eficiencia, habilidad, voluntad firme, opiniones tajantes, y la determinación de conseguir todo aquello que se proponían.

A Gabriel nunca dejaba de asombrarle la fabulosa transformación que el maquillaje ejercía en la mujer con la que llevaba viviendo dos años. La primera vez que había visto a Patricia sin maquillar no había sido, como cabría esperar, la primera vez en la que había despertado a su lado -pues esa mañana Patricia abrió los ojos con el maquillaje puesto, aunque con el rímel corrido-, sino una tarde en la que se la encontró, inesperadamente, en la piscina del club que ambos frecuentaban, y eso fue mucho antes de acostarse con ella. Aquella tarde no la reconoció, fue ella la que tuvo que saludarle, con la exquisita solicitud y cortesía que luego Gabriel encontraría tan características en ella. Por entonces, él aún estaba obsesionado con Ada y no se fijaba mucho en otras mujeres. Pero sí se acuerda de que le impresionó lo diferente que se veía aquella nueva Patricia desprovista de afeites de la antigua Patricia que él recordaba. En cualquier caso, ambas conservaban en común una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad estereotipada en la fina sonrisa.

Hay mujeres a las que les favorece el maquillaje y hay mujeres, como Ada, que están, en opinión de Gabriel, más guapas con la cara lavada. Y hay algunas, como Patricia, que se convierten en otra persona completamente diferente gracias a los cosméticos. La Patricia original era una chica de ojos poco expresivos, con la piel cubierta de manchas rosadas. La base de maquillaje y el colorete le cubrían con una complexión completamente diferente; la estudiada aplicación del rímel y la sombra de ojos hacían que sus ojos azules llamaran la atención.



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