
Ada había residido en su mismo barrio. Era pediatra. A menudo coincidían en la calle, y lo más seguro es que Gabriel se hubiese fijado en aquella mujer imponente antes siquiera de que ella tuviera la menor idea de la existencia de él. Ada solía pasear un perro, un mestizo pequeño y blanco, y cuando se cruzaba con aquella mujer rubia y elegante, Gabriel recordaba aquel cuento de Chéjov de la dama y el perrito: «Su expresión, su manera de andar, su vestido, su peinado, todo revelaba que pertenecía a la buena sociedad, que era casada, y que se aburría.» A Gabriel le llevó meses reunir el valor necesario para entablar conversación con ella. Por supuesto, igual que sucedía en el cuento, utilizó al perro como excusa. A partir de entonces, lo saludaba siempre que la veía. Después de ese primer contacto, tardó semanas en sentirse preparado para preguntarle si podían verse algún día. Y tuvo que ser ella quien, por fin, le pidió el número de teléfono y le propuso que quedaran a comer.
Si no hubiera estado tan destrozado por Ada es más que probable que Gabriel no se hubiese dejado llevar por el entusiasmo de Patricia, ni se hubiese conmovido tanto ante la admiración que ella parecía profesarle. Si le hubiera encontrado entero, Patricia no habría recompuesto sus pedazos. Si no hubiera habido una Ada, Gabriel quizá no habría necesitado de consuelo, puede que ni siquiera se hubiera fijado en ella. Si Gabriel no hubiera estado tres años enamorado de una mujer casada, quizá no hubiera idealizado tanto el vínculo del matrimonio.
Ada había encendido en Gabriel un amor pueril y autodestructivo que ella se había limitado a mitigar a medias, y, cuando, tras tres años de martirio y triángulo, Ada le anunció que a su marido le habían concedido una plaza de médico residente en Sheffield y que ella planeaba abrir allí un consultorio privado, Gabriel casi se alegró, porque estaba convencido de que no podría haber soportado mucho tiempo más el tormento de desearla y no tenerla.
