Nunca supo entender el carácter de Ada: ella no parecía tener continuidad entre sus impulsos sucesivos. Un día se anunciaba dispuestísima a dejar a su marido y, al siguiente, se arrepentía o simplemente olvidaba lo que había dicho. Escapaba de los momentos críticos y no se molestaba en reflexionar sobre el daño que causaba. Pero cuando la ausencia de Ada dejó de ser proyecto y se convirtió en realidad, Gabriel creyó morir. Incluso se presentó un fin de semana en Sheffield para intentar convencerla de que se divorciara. Ada le anunció que estaba esperando su segundo hijo, y que el padre, evidentemente, no era su ex amante, sino su marido.

A aquella noticia siguió el desmoronamiento clásico: taquicardia, dolor en el pecho, insomnio, una sensación agobiante de abandono, de ingratitud e injusticia, y un ansia muy vivida de recordar lo bueno, lo maravilloso perdido, enfrentada a una necesidad defensiva de desvalorizar la relación resaltando lo malo para encontrarle justificación y beneficio a la ruptura. Noches en vela, extraños dolores de estómago, más cervezas de las recomendables y pastillas para dormir recetadas por un médico de rostro amable que escuchó el relato de sus noches de insomnio sin apenas mover una ceja, como si estuviera más que acostumbrado a que todos los jóvenes de Hampstead le contaran lo mismo.

Sucedieron todas esas cosas que Gabriel había conocido a través de las novelas pero que no suponía que pudieran pasarle a él. Había leído sobre mujeres que colgaban un teléfono y a las que acto seguido les sobrevenían arcadas imperiosas, pero nunca pensó que él, un hombre hecho y derecho, un hombre racional, vomitara de pura ansiedad. Cuando pensaba que la autora se había excedido en la composición del personaje, ni siquiera sospechaba que semejante reacción física se diera en la vida real en un sujeto no particularmente neurótico, ni imaginaba que un día se vería él también con la cabeza en la cisterna.



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