Gabriel había dejado abierta la puerta del armario, porque el espejo de luna del interior -que originalmente habría servido para comprobar si un traje quedaba mejor o peor o hacía arrugas- reflejaba, si se dejaba abierta, lo que sucedía en la cama. Y jugaba a mirarse de vez en cuando, a contemplarse sobre ella o debajo de ella, y aquel reflejo de los dos cuerpos entrelazados y flexibles, como un extraño animal octópodo, le excitaba cada vez más. El duplicado de sus cuerpos no era muy diáfano debido a la poca luz. Habían encendido unas cuantas velas y la imagen de la luna parecía un cuadro antiguo recubierto por la pátina del tiempo. Y, de pronto, Gabriel se vio abrazado a sí mismo, tan idénticas eran en el espejo las cuatro piernas largas y fibrosas, las dos cabezas rubias con el mismo cabello corto y alborotado por el sudor. La imagen resultaba tan violenta, tan poderosamente simbólica, tan perturbadora… Ada se parecía tanto a él como se había parecido -o aún se parecía, quizá, dondequiera que estuviese- su hermana. Ada podría haber sido su hermana, su gemela. Y Gabriel no entendía si había estado buscando en ella un signo de identidad, una satisfacción de narciso enamorado de su propio reflejo, o a la hermana que había perdido. Su cabeza funcionaba a menudo así, como una araña suicida que urdiera laboriosamente su propia trampa. Cuanto más pensaba y analizaba, más daño se hacía a sí mismo, aunque debería haber sido al revés.

Uno de sus socios, que no sabía qué mal aquejaba a Gabriel pero que había advertido su evidente deterioro físico, fue el que le aconsejó el ejercicio físico como terapia. Gabriel tenía el carnet de socio de un club deportivo, pero apenas pasaba por allí más de dos veces por semana. Tras el abandono de Ada, se impuso desde entonces una disciplina espartana, e iba a nadar cada tarde a la salida de la oficina.



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