
– ¿Crees que deberíamos invitar a Grahame?
– Tú sabrás; es tu primo, no el mío.
– Es que he invitado a Karen, y ahora él está viviendo con otra mujer, y lo normal es que la traiga, claro, pero no sé cómo le sentará eso a ella.
– En realidad, a mí me da igual, no conozco a ninguno de los tres.
– Sí los conoces.
– Los habré visto tres veces en mi vida. Además, desde el primer momento hablamos de que queríamos una boda íntima, y ya vamos por los… ¿cien invitados?
– Más o menos… Pero aún no tenemos todas las confirmaciones.
– Esto es una locura. Además, casi todos son amigos de tu madre, es delirante.
– Gabriel, no te pongas así. Una boda es una boda, es una vez en la vida. Además, entre mi madre y yo nos estamos ocupando de todo, tampoco es tan difícil para ti.
– Precisamente, entre tu madre y tú… En mi opinión, tu madre interviene demasiado en asuntos que no son de su incumbencia.
– Mi madre me ayuda muchísimo. Pero, por favor, no empecemos ahora con la misma discusión de siempre.
Gabriel respiró hondo, y contó mentalmente hasta tres. Quería casarse, claro que quería casarse. Quería una vida normal, un hogar, unos niños. No deseaba volver a vivir la angustia de la soledad que había experimentado en la infancia, la angustia que se había repetido, tan dolorosamente, a lo largo de su relación con Ada, ese estado vergonzoso cuya curación -creía él- iniciaría el matrimonio.
