Fue allí, en la recepción del club, donde se reencontró con Patricia, a la que había conocido en Oxford cuando él estudiaba y ella era la novia de uno de sus compañeros de piso, Shaun, un estudiante de filosofia con el que apenas habían convivido tres meses, pues al poco tiempo los dejó para irse a vivir, precisamente, con aquella misma chica bonita y rubia con la que Gabriel se encontró en el club, una rosa inglesa de tez de porcelana y unos ojos azules tan brillantes, tan encendidos de alegría que cualquiera habría dicho que estaba encantada de cruzarse, tantos años después, con el mismo Gabriel Sinnott con el que en Oxford apenas había llegado a intercambiar una decena de frases.


– ¿Crees que deberíamos invitar a Grahame?

– Tú sabrás; es tu primo, no el mío.

– Es que he invitado a Karen, y ahora él está viviendo con otra mujer, y lo normal es que la traiga, claro, pero no sé cómo le sentará eso a ella.

– En realidad, a mí me da igual, no conozco a ninguno de los tres.

– Sí los conoces.

– Los habré visto tres veces en mi vida. Además, desde el primer momento hablamos de que queríamos una boda íntima, y ya vamos por los… ¿cien invitados?

– Más o menos… Pero aún no tenemos todas las confirmaciones.

– Esto es una locura. Además, casi todos son amigos de tu madre, es delirante.

– Gabriel, no te pongas así. Una boda es una boda, es una vez en la vida. Además, entre mi madre y yo nos estamos ocupando de todo, tampoco es tan difícil para ti.

– Precisamente, entre tu madre y tú… En mi opinión, tu madre interviene demasiado en asuntos que no son de su incumbencia.

– Mi madre me ayuda muchísimo. Pero, por favor, no empecemos ahora con la misma discusión de siempre.

Gabriel respiró hondo, y contó mentalmente hasta tres. Quería casarse, claro que quería casarse. Quería una vida normal, un hogar, unos niños. No deseaba volver a vivir la angustia de la soledad que había experimentado en la infancia, la angustia que se había repetido, tan dolorosamente, a lo largo de su relación con Ada, ese estado vergonzoso cuya curación -creía él- iniciaría el matrimonio.



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