
Se sentía extrañamente cercano a Patricia en un camino hacia una nueva cumbre de su existencia, jubiloso ante la idea de que un contrato, un papel que ciñese el amor a reglas y obligaciones mutuas, le redimiría de aquel dolor interminable, de aquella oprimente sensación de abandono e inseguridad. Amaba a Patricia, no con la pasión arrasadora, húmeda y caliente con la que había amado a Ada, sino con un sentimiento cálido, profundo y tranquilo. Amaba su tranquilidad, su amabilidad, el modo en que sus ojos azules, descansando en él mientras hablaba, le hacían sentirse envuelto en una esponjosa nube de paz doméstica. Amaba verse reflejado en aquellos ojos y encontrar allí al hombre fuerte, seguro de sí mismo, que deseaba ser y que quizá no era, pero que Patricia había construido. Amaba vaciarse del Gabriel temeroso que había sido para llenarse como por vasos comunicantes, a través de Patricia, del Gabriel fuerte que quería ser. Había imaginado muchos planes con ella, planes que se amontonaban en un futuro nebuloso: los dos hijos que tendrían, las cenas que organizarían, lo distintos que serían de otras parejas… Pero, por otra parte, le preocupaba algo más serio, una inquietud interminable, inexpresable, que apenas era capaz de formularse a sí mismo. Existía cierto temor visceral y subterráneo, tan sensible como un mareo, una extraña sensación de la que conseguía hacer caso omiso la mayor parte del tiempo. Pero, a medida que la fecha se acercaba, el estómago se le contraía secamente, sentía náuseas y vértigo: la manifestación física de un temor muy profundo a naufragar. De vez en cuando le acometían desmayos de la voluntad y la fe en sí mismo que le daban escalofríos, y pensaba que tal vez el matrimonio no tenía nada que ver con lo que de verdad él deseaba. Cuando estas ideas le sobrecogían, para vencerlas trataba de convencerse de que sólo experimentaba una forma aguda de aprensión que acabaría pasando, el clásico terror masculino al compromiso. Otras veces pensaba que todo su aparente conformismo no escondía sino un pesimismo invencible, e imaginaba que el resto de su vida viviría atrapado en un mar de hielo que lo mantendría inmóvil, y lo aceptaba así, con estoicismo o resignación.