
– Y yo os tengo cariño -dijo, deseando que entrara una plaga de langostas en el salón.
– Lo sé -dijo ella, sin darse cuenta de su sufrimiento-. No podría pedir un primo mejor. Pero deseo que seas feliz.
Michael miró a John, haciéndole un gesto que significaba: «Sálvame».
Abandonando la simulación de estar leyendo, John dejó a un lado el diario.
– Francesca, cariño, Michael es un hombre adulto. Encontrará la felicidad a su manera. Cuando lo vea conveniente.
Francesca frunció los labios y Michael comprendió que estaba irritada. No le gustaba que le frustraran sus planes, ni le gustaba reconocer que podría ser incapaz de ordenar a su satisfacción su mundo, y a las personas que lo habitaban.
– Debería presentarte a mi hermana -dijo.
Buen Dios.
– Conozco a tu hermana -se apresuró a decir-. En realidad las conozco a todas, incluso a aquella que todavía llevan con rienda corta.
– No la llevan con… -Se interrumpió y apretó los dientes-. Te concedo que Hyacinth no te conviene, pero Eloise es…
– No me voy a casar con Eloise -dijo él secamente.
– No quiero decir que tengas que casarte con ella. Sólo que bailes con ella una o dos veces.
– He bailado con ella. Y eso es lo único que voy a hacer.
– Pero…
– Francesca -dijo John, en tono muy amable pero con un significado muy claro: «Basta».
Michael podría haberlo besado por su intervención. Claro que John sólo creía que lo salvaba de una innecesaria y molesta intromisión femenina. No podía de ninguna manera saber la verdad: que él estaba intentando calcular cuál sería la magnitud de su sentimiento de culpa si estuviera enamorado de la mujer de su primo «y» de la hermana de esa mujer.
