
Buen Dios, casado con Eloise Bridgerton. ¿Es que Francesca quería matarlo?
– Deberíamos salir a caminar -dijo Francesca, repentinamente.
Michael miró por la ventana. En el cielo ya no quedaban vestigios de luz del día.
– ¿No es un poco tarde ya? -preguntó.
– No si voy acompañada por dos hombres fuertes. Además, las calles de Mayfair están bien iluminadas. Estaremos muy seguros. -Se giró a mirar a su marido-. ¿Qué te parece, cariño?
– Tengo una reunión esta noche -contestó John, sacando su reloj de bolsillo para mirar la hora-. Deberías ir con Michael.
Más prueba aún de que John no tenía ni la menor idea de sus sentimientos, pensó Michael.
– Los dos siempre lo pasáis muy bien juntos -añadió John.
Francesca se volvió hacia Michael y le sonrió, introduciéndose otro poco más en su corazón.
– ¿Me harás ese favor? -le preguntó-. Estoy desesperada por salir a tomar aire fresco ahora que ha dejado de llover. Además, me he sentido un poco rara todo el día, debo decir.
– Sí, por supuesto -repuso Michael.
¿Qué otra cosa podía decir, si todos sabían que no tenía ninguna reunión ni cita? La suya era una vida de disipación esmeradamente cultivada.
Además, le era imposible resistirse a ella. Sabía muy bien que debía mantenerse alejado, que no debía permitirse nunca estar solo en su compañía. Nunca actuaría según sus deseos, pero ¿de veras necesitaba someterse a ese tipo de sufrimiento? Igual acabaría solo en su cama, atormentado por la culpa y el deseo a partes iguales.
Pero cuando ella le sonreía, no podía decir que no. Y, la verdad, no era tan fuerte como para negarse una hora en su presencia.
Porque su presencia era lo único que tendría en su vida. Nunca habría un beso, jamás una mirada significativa ni una caricia. No habría palabras de amor susurradas, ni gemidos de pasión.
Lo único que podía tener de ella era su sonrisa y su compañía, y, patético idiota que era, estaba dispuesto a conformarse con eso.
