– Dame un momento -dijo ella, deteniéndose en la puerta-. Tengo que ir a buscar algo de abrigo.

– Date prisa -dijo John-. Ya son pasadas las siete.

– Estaré segura, protegida por Michael -contestó ella, sonriendo con toda confianza-, pero no te preocupes, seré rápida. -Entonces sonrió a su marido con expresión traviesa-. Siempre soy rápida.

Michael tuvo que desviar la vista al ver que su primo se ruborizaba. Dios de los cielos, no tenía el menor interés en saber qué quería decir ella con «siempre soy rápida». Por desgracia, eso podía significar muchísimas cosas, todas ellas deliciosamente sexuales. Y era probable que se pasara la próxima hora clasificándolas en su mente, imaginándose que se las hacía a él.

Se tironeó la corbata. Tal vez podría librarse de esa salida con Francesca. Tal vez podría irse a casa y darse un baño con agua fría. O, mejor aún, encontrar una mujer de pelo castaño y largo bien dispuesta. Y si tenía suerte, de ojos azules también.

– Lo lamento -dijo John después de que Francesca saliera.

Michael se giró a mirarle la cara. No podía ser que se refiriera a la traviesa insinuación de Francesca.

– Su intromisión -añadió John-. Eres bastante joven. No tienes por qué casarte todavía.

– Tú eres más joven que yo -dijo Michael, simplemente por llevar la contraria.

– Sí, pero conocí a Francesca -dijo John, encogiéndose de hombros, en gesto de impotencia, como si eso lo explicara todo.

Y claro que lo explicaba.

– No me fastidia su intromisión -dijo Michael.

– Sí que te fastidia. Lo veo en tus ojos.

Y ese era el problema; John se lo veía en los ojos. No había nadie en el mundo que lo conociera mejor que él. Si algo le molestaba, John siempre lo notaba. El milagro era que no comprendiera la causa de su molestia.

– Le diré que te deje en paz -dijo John-, aunque tienes que saber que sólo te regaña porque te quiere.



12 из 287