
Además, nunca en su vida había seducido a una jovencita virgen, y nunca se había acostado con una mujer casada. Ah, bueno, tenía que seguir siendo sincero consigo mismo, aun cuando estuviera viviendo una mentira. Sí que se había acostado con mujeres casadas, con muchísimas, en realidad, pero solamente con aquellas cuyos maridos eran unos canallas, e incluso en esos casos, sólo si ya habían dado a sus maridos dos hijos varones, y tres si uno de los niños parecía un poco enfermizo.
Al fin y al cabo un hombre tiene que tener sus reglas de conducta.
Pero eso… eso sobrepasaba todos los límites, era total y absolutamente inaceptable. Ese era el único pecado (y tenía muchos) que finalmente le iba a ennegrecer el alma o, como mínimo, se la dejaría parecida al carbón, y eso suponiendo que mantuviera la fuerza para no actuar nunca según sus deseos. Porque eso… eso…
Deseaba a la mujer de su primo.
Deseaba a la mujer de John.
De John.
De John, que, maldita sea, era para él más de lo que habría sido un hermano si lo tuviera. John, cuya familia lo acogió en su seno cuando murió su padre. John, cuyo padre lo crió y le enseñó a ser un hombre. John, con quien…
Vamos, infierno y condenación, ¿es que necesitaba hacerse eso? Podía pasar una semana enumerando todos los motivos de por qué se iba a ir derecho al infierno por haber elegido a la mujer de John para enamorarse. Y ninguno de ellos cambiaría jamás una simple realidad.
No podía tenerla.
Nunca podría tener a Francesca Bridgerton Stirling.
Pero sí podría servirse otra copa, pensó, emitiendo un bufido para sus adentros. Acomodándose en el sofá, se cruzó de piernas, observándolos, los dos sentados enfrente de él, riendo y sonriendo, echándose esas nauseabundas miraditas amorosas. Sí, otra copa le sentaría bien.
