
– Ya estáis riñendo -comentó John riendo, y reclinándose en su asiento con el Times de esa mañana.
– Nunca te has casado -continuó Francesca-. ¿Cómo puedes saber, entonces, que, de verdad, no tienes aptitudes para el matrimonio?
Michael consiguió esbozar una sonrisa satisfecha.
– Creo que está muy claro para todas las personas que me conocen. Además, ¿qué necesidad tengo? No tengo título, no tengo propiedad…
– Tienes propiedad -interrumpió John, demostrando que continuaba oyendo aunque tuviera la cara tapada por el diario.
– Sólo un trocito de propiedad -enmendó Michael-, y me hará muy feliz dejársela a vuestros hijos, puesto que me la regaló John.
Francesca miró a John, y Michael comprendió lo que estaba pensando: que John le había dado esa propiedad porque quería que él se considerara poseedor de algo, sintiera que tenía una finalidad en su vida, de verdad. Desde que se retirara del ejército hacía unos años había estado desocupado, sin nada que hacer. Y aunque John nunca lo había dicho, él sabía que se sentía culpable por no haber tenido que luchar por Inglaterra en el Continente, por haberse quedado en casa mientras él enfrentaba el peligro solo.
Pero John era el heredero de un condado; tenía el deber de casarse, de procrear y multiplicarse. Nadie había esperado que fuera a la guerra.
Muchas veces había pensado si al regalarle esa propiedad, una hermosa y cómoda casa solariega con ocho hectáreas de terreno, John no habría querido castigarse. Y sospechaba que Francesca pensaba lo mismo.
Pero ella nunca lo preguntaría. Francesca comprendía a los hombres con extraordinaria claridad, tal vez por haberse criado con todos esos hermanos. Sabía exactamente qué no preguntarle a un hombre.
Y eso siempre le causaba un poco de preocupación. Creía que ocultaba muy bien sus sentimientos, pero, ¿y si ella lo sabía? Lógicamente nunca hablaría de eso, ni siquiera haciendo una mínima alusión. Él tenía la idea de que, irónicamente, eran muy parecidos en eso; si Francesca sospechara que él estaba enamorado de ella, no cambiaría en nada su manera de tratarlo.
