
– No es mi aniversario -dijo.
– Lo sé -dijo ella, y aunque él no la estaba mirando, tuvo la impresión de que había puesto los ojos en blanco.
Pero no los había puesto. Él sabía que no; esos dos años pasados había llegado a conocer dolorosamente bien a Francesca, y sabía que nunca ponía los ojos en blanco. Cuando quería ser sarcástica o irónica o guasona, sólo lo manifestaba en su voz y en un curioso gesto de la boca; no necesitaba poner los ojos en blanco. Simplemente miraba con esa mirada franca, sus labios ligeramente curvados y…
Tragó saliva, por un movimiento reflejo, y se apresuró a llevarse el vaso a los labios para disimularlo. No decía nada en su favor que se hubiera pasado tanto tiempo analizando la curva de los labios de la mujer de su primo.
– Te aseguro que sé muy bien con quién estoy casada -continuó Francesca, pasando las yemas de los dedos por el teclado sin presionar ninguna tecla.
– No me cabe duda -masculló él.
– Perdón, ¿qué has dicho?
– Continúa.
Ella frunció los labios, impaciente. Él le había visto muchísimas veces ese gesto, por lo general cuando hablaba con sus hermanos.
– Te he pedido consejo porque siempre estás muy alegre -dijo ella.
– ¿Siempre estoy muy alegre? -repitió él, aunque sabía que así era como lo veía el mundo.
Al fin y al cabo lo llamaban el Alegre Libertino; pero detestaba oír esa palabra salida de la boca de ella. Le hacía sentirse frívolo, hueco, insustancial.
Entonces se sintió peor aún, porque tal vez eso era cierto.
– ¿No estás de acuerdo? -preguntó ella.
– No, no es eso -musitó él-; simplemente no estoy acostumbrado a que me pidan consejo sobre cómo celebrar un aniversario de bodas, puesto que está claro que no tengo talento para el matrimonio.
– Eso no está nada claro.
