
Calum había sobrevivido a todos los representantes del mal durante ochenta años. Había vivido una época prodigiosa, digna de ver. Abyecta hechicería, monstruos, bestias, ladrones, mala gente de toda calaña. Y había conseguido sobrevivir a todo ello. Pero de la vejez no era tan fácil escapar.
Durante muchos meses había sido incapaz de sentarse en su escritorio para trabajar. El dolor de la enfermedad que lo corroía por dentro convertía cada uno de sus movimientos en un tormento. Había sido un hombre alto y fuerte, pero ahora era tan sólo un manojo de huesos revestidos por un pellejo. Había ordenado a su ama de llaves que quitase el espejo de su cuarto, porque ya no reconocía a la frágil criatura que le devolvía la mirada. En su mente seguía siendo joven y fuerte, pero los espejos no mienten, así que decidió desterrar aquel acusador pedazo de cristal. El dolor, y lo que él alcanzaba a ver de su propio cuerpo, ya cumplían con su función de recordatorio.
Sus amigos habían ido a visitarlo. Sus verdaderos amigos. Ésa era la razón de que estuviera recostado, para poder verlos sin tener que moverse, para no tener que contarles que hasta el más mínimo movimiento le dolía. Su ama de llaves era buena para estas cosas. Calum lo había preparado todo para dejarle la casa y el dinero que tenía ahorrado. Después de veinte años, se merecía mucho más, pero era todo lo que poseía. La lucha contra el mal no era un negocio especialmente lucrativo.
Su mejor amigo estaba sentado en una silla al lado de su lecho. Jonathan Ambrose también había envejecido. Tenía casi cincuenta años y la barba encanecida. Los cabellos habían retrocedido hasta formar un fino círculo que mantenía siempre rasurado. La moda era dejarse el pelo largo, pero Jonathan nunca había demostrado excesivo interés por la moda. Llevaba una sencilla toga marrón, limpia y bien remendada, pero absolutamente modesta. Nadie llevaba togas hasta el tobillo desde hacía una década, pero Jonathan las encontraba cómodas. Sus claros ojos azules miraron a Calum. Su rostro emanaba tranquilidad y calma. No mostraba el menor ápice de horror o de compasión. Calum se sentía agradecido por ello; pero, al mismo tiempo, eso lo irritaba.
