Al observarlo, parecía que la presencia de Jonathan no obedecía a ninguna razón especial. Calum deseaba gritar: «¿No te das cuenta de que me estoy muriendo? ¡Muriendo!». Estaba molesto porque su amigo podía mirarlo a la cara sin mostrar el dolor que veía en tantos otros rostros. Entonces, ¿por qué se había enfadado con su ama de llaves al verla llorar aquella misma mañana?

Calum profirió un suspiro. Nada podía satisfacerlo. Quería que todo el mundo supiera de su dolor y se compadeciera de él, pero que al mismo tiempo no lo manifestara. O sea, que quería costal y castañas.

– Soy un viejo cascarrabias -dijo Calum con una voz chirriante que apenas pudo reconocer como suya.

Jonathan sonrió con la misma sonrisa amable de siempre.

– Eso nunca lo conseguirás.

Calum no tuvo más remedio que sonreír. La ira se disipó. De pronto se sentía alegre por aquella visita. ¿Acaso aquellos cambios de humor repentinos eran un indicio de la proximidad de la muerte? No podía saberlo a ciencia cierta; al fin y al cabo, era la primera vez que moría.

En una pequeña silla, la misma que solía utilizar su ama de llaves para coser mientras le hacía compañía, se encontraba la única mujer, aparte de la susodicha, que contaba con su permiso para verlo en ese estado. Teresa era alta, ágil y morena. Su espesa melena negra enmarcaba las facciones de su rostro como una nube de cuervos. La túnica corta que llevaba, más a la moda, era de color escarlata, acompañada de unos pantalones bombachos de color verde esmeralda brillante y botas negras. Tenía un pie apoyado en la silla, y se sujetaba la rodilla con sus fuertes manos. El cinturón, del cual pendía una espada corta y varias bolsas, era negro, pero estaba profusamente bordado y brillaba como un arco iris. Jonathan llevaba un cinto similar, que hacía que su toga marrón pareciera todavía más tosca. Pero ambos cinturones eran obra de Teresa, y por eso Jonathan nunca olvidaba el suyo.



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