El enorme árbol se alzaba solitario en medio de un claro generado por él mismo. Las raíces habían ahogado los árboles más pequeños, y habían eliminado el sotobosque. El tronco era tan ancho que habrían hecho falta cinco hombres adultos para abrazarlo. Las ramas que se extendían hacia el exterior y hacia arriba eran tan gruesas como arbolillos.

Las nubes se cerraron en torno a la luna y dejaron el calvero en penumbras, únicamente iluminado por la luz que reflejaba la nieve, dándole un aspecto lúgubre. Algo pendía de una de las ramas desnudas. Elaine, en un principio, no pudo distinguir de qué se trataba. Sus ojos se negaban a ver.

De pronto, las nubes se disiparon, bañando el claro en una luz plateada. Del árbol pendía algo de color oscuro que parecía pesado y se recortaba contra la luna, con los brazos extendidos hacia afuera en una pose extraña, y una pierna colgando hacia la nieve. La otra pierna estaba ausente. Una gran mancha oscura salpicaba la nieve bajo el árbol.

Elaine profirió un grito.

Teresa soltó las riendas. Su voz suave siguió inmediatamente al grito:

– El cielo nos asista.

Konrad salió de la maleza, en el otro extremo del claro.

– No es Blaine, ni Thordin.

Elaine lo miró fijamente.

– Entonces, ¿quién…?

– Ambos han regresado aquí. Están heridos, pero se pondrán bien.

No podía creerlo. Estaba mintiendo. Si Blaine estuviera vivo, iría en su búsqueda, herido o no.

– Elaine, estoy bien. -Blaine salió cojeando de los arbustos, apoyándose en las anchas espaldas de Thordin, y ofreciendo su brillante sonrisa, aquella que confirmaba que todo iba bien. Fue esa sonrisa, más que sus palabras, la que acabó de convencer a Elaine.

Se dejó caer de la yegua y dio con las rodillas en la nieve. Intentó ponerse en pie para llegar hasta donde estaba su hermano, pero el calvero bañado en la luz de la luna empezó a dar vueltas a su alrededor. Unas manchas negras parecían querer comerse la luna. Se desplomó hacia adelante sobre la nieve, que recibió su rostro, llenándole la nariz y la boca. La oscuridad la engulló. Y en la oscuridad también hacía frío.



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