Parpadeó dolorosamente en la penumbra invernal. Estaban en un bosque, rodeados por árboles desnudos de ramas oscuras. Los caballos luchaban contra las ráfagas de viento en lo que antaño había sido un camino para carros.

Elaine trató de incorporarse y, para su sorpresa, vio que era capaz. El abrigo ondeó hacia atrás con el viento, dejando expuesto uno de sus costados. Pero eso no pareció importarle. De repente vio el enorme árbol que se alzaba imponente sobre los demás. Casi habían llegado.

Una reluciente luna llena bañaba los árboles desnudos con su luz. El viento formaba remolinos con los copos de nieve, que atravesaban el camino, y la nieve seca hacía crujir las ramas. Había dejado de nevar. Únicamente el viento hacía bailar la nieve, que se precipitaba en sibilantes montones y se movía arrastrándose entre los árboles.

El caballo de Konrad abría la marcha, levantando la nieve, y acabó por perderse de vista. Si alguien le había pedido que se adelantara para explorar, Elaine no lo había oído. Los únicos sonidos audibles eran el viento, la nieve, el crujir de las ramas secas y el chirrido de la silla bajo su cuerpo.

Blaine se encontraba delante de ellos, cerca, muy cerca. Elaine intentó rezar, pero el frío le había congelado los labios y amodorrado la mente. Le resultaba imposible recordar una oración; le resultaba imposible pensar en nada. Sólo el frío estaba presente. El miedo y el pánico se habían agazapado en un pequeño recoveco helado. Elaine sabía que la perspectiva de lo que podría encontrarse la aterraba, pero no podía sentir nada. Sólo el frío, arraigado en lo más profundo de su interior, que borraba todo lo demás.

Un grito llegó sobrevolando por encima de la nieve, resonando con el eco. Los caballos empezaron a trotar tan rápido como podían sobre la seca capa de blancura. Elaine se aferró al arzón de la silla con ambas manos. La yegua no respondía como los demás, acostumbrada a avanzar como mucho a medio galope.



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